CAPÍTULO #2

¿Había tocado su piel?

Al mirarla, el cuerpo de Kogan se tensó. La luz de la luna delineaba con suavidad reverente la figura completamente desnuda de su pareja, como si la misma Diosa Lunar la hubiese esculpido con esmero.

Su respiración se trabó en su pecho. Lo que había contenido durante semanas y que esa noche había creído controlar, regresó con una fuerza devastadora, exigiendo liberarse.

Cristal era una obra sublime: sus curvas armoniosas, su piel bronceada y húmeda brillando como si la luna la hubiera bañado en plata líquida. Sus senos, grandes, firmes y suaves, subían y bajaban con su respiración lenta y segura. Su vientre plano y caderas amplias formaban un contraste que parecía creado solo para él.

El cabello le caía en ondas sueltas sobre los hombros, deslizándose como seda tibia entre sus pechos. Algunas hebras danzaban con la brisa, atrapando la luz nocturna como hilos de noche viva.

Kogan sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando ella se acercó y le envolvió el cuello con los brazos, capturando sus labios con un beso. Él se tensó al instante, pero no pudo resistirse: correspondió con suavidad.

El roce de sus pezones desnudos contra su pecho encendía su piel y amenazaba con romper el fino hilo de autocontrol que aún contenía.

El calor entre sus intimidades se mezclaba, ardiente y urgente, separado apenas por una delgada tela que todavía evitaba que se unieran.

Los besos se intensificaron. Las manos de Cristal acariciaban su espalda con un anhelo tembloroso. Kogan la sujetó con una mano por la cintura, pero su otra mano se cerró con fuerza en las sábanas, luchando por no ceder al instinto.

Cristal se apartó un instante, lo miró con intensidad, sabiendo que él intentaría detenerla. Antes de que pudiera hablar, volvió a besarlo con fiereza, y con un movimiento firme, logró derribarlo sobre la cama.

Kogan quedó atónito. Solo su luna tenía el poder de tomar el control con tanta determinación sobre él, de doblegar su voluntad sin esfuerzo, como si su mera presencia bastará para desarmarlo por completo.

Ella, apoyada sobre él, separó lentamente sus labios, colocó ambas manos sobre su pecho y lo miró con la cabeza inclinada, en mucha lascivia. Sus cabellos caían como una cascada oscura y suave sobre sus hombros y pechos, rozándose sus pezones.

El alfa no pudo evitar que su erección se alzara, firme y urgente. La imagen de su pareja desnuda, iluminada por la luna, con esa seguridad descarada y el calor de su centro chocando contra su pelvis, era más de lo que podía soportar.

Su respiración era lenta, pesada, tratando de contenerse... pero cada segundo se acercaba más al límite.

Cristal deslizó lentamente las uñas por la piel de su pecho provocando sensaciones desconocidas para él, sus dedos continuaron hasta llegar a su abdomen, su luna se  relamió sus labios. Nunca le había hecho algo así, pero el vínculo que los unía parecía abrir puertas a una sensualidad que la desbordaba.

El físico de su pareja era una obra viril, poderosa, y ella no podía evitar desearlo. Lo miró con mucha hambre, tragando al contemplar su pecho y abdomen bien formados, una sonrisa sugerente, descarada, encendía aún más el fuego en ella.

Kogan tragó saliva con fuerza. La forma en que ella lo observaba. Sabía que su luna era traviesa, pero esto... lo hizo recordar su primera noche juntos, a pesar de que ese momento no estaba del todo consciente, demostró ser alguien digno de él. 

Ahora, sobre él, despierta, decidida, reclamando cada instante... y lo estaba llevando al límite.

— Cristal… por favor — su voz salió pesada y con evidente continencia, dijo: — Debes descansar —.

— Ya he descansado lo suficiente — respondió ella.

Sus súplicas no funcionaron.

Cristal recordaba bien la importancia del apareamiento, y también comprendía la razón detrás de su comportamiento. Por eso se mantuvo firme: no iba a permitir que él la detuviera. Podía percibir, a través del vínculo, la lucha interna que él enfrentaba por no ceder.

Ella, sin apartar la mirada, dejó que sus manos recorrieran lentamente el contorno de su cuerpo. Acarició su pecho firme, descendiendo por su abdomen definido, y con las yemas de los dedos delineó con suavidad la forma de sus músculos, deslizándose por su tórax hasta alcanzar el límite de su pelvis, justo hasta donde la posición de su propio cuerpo se lo permitía.

Mientras una de sus manos seguía acariciando sus abdominales, con la otra lo guió tras ella, hasta posar su palma sobre la delgada tela que cubría su entrepierna, donde sintió su erección, firme y tensa bajo su toque.

Kogan, aunque mantenía un semblante tranquilo, respiraba con fuerza. Las caricias prolongadas sobre aquella zona sensible lo hicieron fruncir el ceño y soltar un suspiro resignado. Sabía que no podría detenerla… lo había sabido desde el principio. Aun así, lo había intentado.

Las caricias continuaron, esta vez con más firmeza. A través de la tela, Cristal lo sujetó, estimulándolo de arriba abajo, provocando que él mordiera sus labios.

Si ella supiera lo que eso podría desencadenar, si solo ella supiera lo que esas caricias podrían desencadenar se detendría. Uno de sus mayores temores era perderse en el placer adictivo al que ella lo arrastraba. Sabía que la follaría con fuerza e incluso con brusquedad por largas horas o días. Era una de las razones por la que se reprimía.

Cristal no detuvo la estimulación durante unos momentos más. Lo miró a los ojos, y en ellos percibió algo que no esperaba: Kogan parecía indefenso… casi asustado.

Al ver aquella expresión, retiró su mano y la llevó hacia el borde de su ropa interior, deslizándola con decisión.

— ¡Espera! — exclamó Kogan preocupado, sujetando su mano.

— ¡¿Por qué todavía no te lo has quitado?! — replicó Cristal.

Un suave forcejeo se formó entre ambos, Kogan sujeto su mano, impidiendo que lo retire su ropa interior, aquel ligero forcejeo hizo que Cristal frunciera el ceño con enojo.

— ¡Si no te lo quitas, lo haré yo! — exclamó con seguridad.

— ¡Espera, espera… yo lo haré! —.

Los papeles se habían invertido. Antes, ella solía suplicar a su pareja que se detuviera. Ahora, era él quien rogaba por una pausa, su vulnerabilidad se refleja en su mirada.

Kogan sujeto las manos de su pareja guiandola hacia sus hombros, deslizó una de sus manos por su cintura, Cristal lo comprendió se aferrándose a él, como al inicio. Sus piernas todavía en el borde del colchón, inician a deslizarse para estar más en el medio de la cama.

Al encontrar una mejor posición sobre él, Cristal observó cómo él se deshacía lentamente de sus bóxers. Aún no había terminado cuando ella volvió a besarlo con deseo, y esta vez tomó sus manos, guiándolas hasta sus glúteos. No se resistió. Las sostuvo con firmeza, comprendiendo sin palabras lo que le estaba pidiendo.

Al aferrarse en sus glúteos, Kogan no pudo evitarlo: su erección se endureció al instante, firme y palpitante, respondiendo al deseo contenido que ella había encendido en él.

Cristal se tenso sintiéndolo rozar su zona sensible, y notó el cambio en su comportamiento, la evidencia de su deseo presionando contra ella entre sus glúteos. Consciente del efecto que tenía sobre él, inició un vaivén lento, casi peligroso, mientras seguía besándolo sin tregua. Sus manos recorrían su torso firme con devoción, y sus pechos se deslizaban contra el cuerpo de él en un roce suave, mortalmente sensual, de arriba hacia abajo.

El alfa, bajo su luna, sabía que estar con ella sería inevitable. Sin embargo, espera no dejarse llevar del todo, preocupado aún por su bienestar. Respondió a sus besos con entrega, acariciándola con deleite.

Los gemidos y jadeos de ambos se intensificaron. Aunque aún no se habían unido, sus cuerpos ya comenzaban a sudar por la fuerza del deseo contenido. La entrepierna de ella se humedece con rapidez, encendida por la excitación que le provocaba estar tan cerca de él.

Kogan sin poder contener, aunque manteniendo una constante respiración, sus manos se aferraron con mucho deseo a la piel de sus lunas. Dejando de besarla, su rostro se movió a sus grandes pechos, su lengua con mucha hambre comenzó a lamar la areola de ambos senos, rosando apenas sus pezones, en una tortura deliciosa.

Cristal apoyó ambas manos sobre la cama, arqueando la espalda ante la estimulación. Sus manos se crisparon con fuerza sobre las sábanas, mientras ella no dejaba de mover su cuerpo, frotándolo contra él y rozando con más intensidad el miembro de su pareja.

Sus gemidos se intensificaron; sus pies se movían descontrolados por toda la superficie de la cama mientras Kogan continuaba lamiendo y mordiendo la piel suave y deliciosa de sus senos. Sus grandes manos se deslizaban con deseo y determinación por su cuerpo, hasta que, en un momento, volvieron a sujetar sus nalgas, ayudándola a marcar un ritmo más fuerte contra su erección.

De pronto, la luna se sobresaltó al sentir cómo los dedos de su pareja iban más allá, rozando una línea sensible.

— ¡Ouu…! —.

Su gemido escapó, provocado por la intensidad de la sensación. Los dedos de Kogan rozaban con suavidad la entrada de su vagina, subían lentamente, y cuando estaban a punto de tocar su ano, volvían a bajar, hasta introducirse levemente en ella.

— No… puedo… — susurró ella.

Y era cierto. No podía controlarse. Su cuerpo comenzó a moverse con más fuerza, fuera de su voluntad. Aquello era indescriptible, algo que jamás había experimentado. En ese instante, Kogan comenzó a succionar su pezon con más determinación. Entre cada succión, su lengua acaricia es botón, provocando que Cristal se estremeciera aún más.

Pero había algo más. El movimiento de las caderas de Kogan intensificó la fricción de su pene contra la entrada húmeda de Cristal. La luna forcejeó levemente, pero él la sujetó con firmeza por la cintura. Solo bastó un momento para que ella recordara que había sido quien lo había provocado. Ante eso, dejó de resistirse y se entregó a lo que él quisiera hacerle.

Los jadeos y gemidos se mezclaban en el aire. Kogan, perdido en sus instintos, la tocaba y succionaba cada parte de su piel que se cruzara por su boca, mientras frotaba su miembro contra ella con desesperación. Al sentir que la humedad entre sus piernas era la adecuada, dirigió la punta de su pene rozando la entrada de su vagina.

Cristal lo sintió. Estaba entrando, envuelta aún en la excitación. Pero cuando lo sintió detenerse, inclinó la mirada hacia él.

Kogan la observaba con evidente preocupación. Por su expresión, ella comprendió que estaba por detenerse, no por falta de deseo, sino porque temía no poder controlarse. 

Sin embargo, la luna, comprendiendo cuánto se había estado controlando durante las últimas semanas, actuó rápidamente. Lo deseaba, lo necesitaba, y sabía que él también. No era solo pasión; era la conexión profunda que los unía, el llamado de su vínculo.

Ella apoyó ambas manos sobre su pecho, sintiendo el latido agitado bajo su piel, y plantó firmemente los pies sobre la cama. Kogan la miró, aún sin reaccionar del todo, y en ese instante de duda, ella se inclinó hacia adelante, presionando lentamente sus caderas hacia abajo.

La punta de su miembro, que apenas rozaba su entrada, comenzó a deslizarse en su interior. Cristal cerró los ojos, un jadeo suave escapó de sus labios, y con un movimiento lento y decidido de sus caderas, lo introdujo más profundamente en sí misma. 

Su cuerpo se tensó, temblando por la intensidad de la sensación, y soltó un gemido ahogado al sentir cómo su pene la llenaba centímetro a centímetro.

Kogan apretó los dientes, cerrando los ojos con fuerza ante lo que su amada luna acababa de hacer. Su cuerpo reaccionó, tembloroso por el placer contenido durante días. Contuvo un gruñido gutural que amenazaba con salir, mientras sus manos se aferraban a las sábanas, luchando contra su instinto de tomar el control.

El calor, la humedad, la forma en que el cuerpo de Cristal lo recibía… todo lo empujaba al borde. Su luna estaba hecha para él. Era suave, cálido, ajustado... una sensación tan perfecta que lo desarmaba. Kogan abrió los ojos y la vio sobre él, arqueando ligeramente la espalda, su cabello ondulado cubriendo sus senos y sus labios entreabiertos, entregada al placer. Incluso en su fragilidad, irradiaba una belleza que lo dejaba sin aliento.

Quería detenerla, pero su cuerpo ya no respondía a la razón. El deseo instintivo que clamaba por poseerla, morderla, hacerla suya sin medida ni pausa.

Sus manos fueron a su cintura con suavidad, no para detenerla, sino para sostenerla, ayudando a seguir bajando, integrándose a él.

Cristal gimió con fuerza, arqueando su espalda hacia un lado. Era cierto que las intensas estimulaciones habían humedecido su cavidad, pero aún no era suficiente. No obstante, continuó, lenta, moviendo su cuerpo con una sensualidad natural hasta lograr introducir todo el miembro de su pareja en su interior.

Un prolongado suspiro escapó de los labios de ambos cuando sus glúteos chocaron contra la piel de Kogan. Para ella fue difícil, debido al tamaño inusual de su miembro; sin embargo, no se detuvo. Para el alfa, en cambio, no fue difícil… pero sí una tortura. Sus instintos suplicaban en tomarla, por profanarla sin contención. La observó, gimiendo, con la respiración entrecortada, moviéndose sobre él como si lo reclamara con cada vaivén de su cuerpo. Pura provocación.

El alfa resopló, intentando contenerse, pero un impulso repentino de Cristal lo desarmó: comenzó a moverse sobre él, dejándose caer una y otra vez. Sus manos la sujetaron mientras la observaba con asombro y algo de temor; su luna no lo dejaba de mirar mientras subía y bajaba, adueñándose de él sin reservas.

El vaivén de sus senos, las manos deslizándose por su propio cuerpo… Era como aquella primera noche juntos. Esa era ella. La mujer que la Diosa le había predestinado. La única capaz de someterlo y dejarlo completamente indefenso. Lo comprendía al verla saciar su apetito sexual con tal libertad.

En un momento, Cristal detuvo su movimiento. Sus manos acariciaron sus propios senos antes de comenzar a mover las caderas en círculos, como danzando sobre él. Kogan la contempló sin parpadear, con los labios entreabiertos y el deseo ardiendo en sus ojos. Mordía los suyos, luchando contra sí mismo. No podía resistirse más, pero lo intentaba. Sabía que si cedía… no habría vuelta atrás.

Su luna, notando que él seguía inmóvil, se inclinó hacia su rostro.

— Bésame, mi amor — susurró con una voz seductora, envolviendo sus labios con los suyos.

Él no pudo negarse. Cerró los ojos y se entregó al beso, aunque aún no quería moverse, no quería tocarla del todo. Pero Cristal no permitiría que continuara así.

— Quiero que me toques — volvió a susurrar en su oído, esta vez con firmeza.

Entonces, tomó sus manos, que aún apretaba las sábanas, y las colocó nuevamente en sus nalgas. Su lengua lamió el lóbulo de su oreja, y eso fue todo. Sus instintos, contenidos por días, se liberaron.

Kogan se aferró con fuerza, apoyó las plantas de los pies sobre la cama y dobló las rodillas, iniciando un ritmo constante, embistiéndola hacia arriba con fuerza.

Cristal se aferró a sus hombros ante la repentina reacción. Sus caderas seguían el ritmo, cayendo justo cuando él la golpeaba desde abajo. Volvió a apoyar el pecho contra el suyo, haciendo que la piel de ambos se fundiera. Los gemidos se intensificaron, su respiración se agitó. La intensidad de las embestidas de Kogan la dejaba sin aliento.

El alfa había perdido todo control. Sus instintos lo dominaban. No se detuvo. Los sonidos húmedos y ardientes de sus cuerpos chocando llenaban la habitación, acompañados por jadeos y gemidos, formando una sinfonía perfecta de placer.

Cristal, sintiendo su cuerpo al borde, apoyó las manos a cada lado del rostro de Kogan, moviéndose a su ritmo, entregándose sin reservas. Para él, verla así solo avivaba más su deseo. Aumentó la fuerza de sus embestidas; concentrándose para liberar toda esa tensión acumulada, el sudor hacía que la fricción entre sus cuerpos fuera aún más intensa. Sabía que ella estaba cerca, y para intensificar su experiencia, buscó uno de sus pezones y comenzó a lamerlo.

— ¡Aaahhh! ¡No te detengas! — jadeó ella con sensualidad, completamente perdida en el placer.

Y no se detuvieron.

Los segundos se volvieron largos minutos, donde el deseo crecía con cada movimiento, cada gemido y cada mirada. Hasta que, inevitablemente, sus cuerpos comenzaron a estremecerse, acercándose juntos al clímax. La tensión, acumulada entre sus pieles ardientes, se elevó hasta el punto de quiebre.

Pero Cristal no quería que terminara aún. Estar con Kogan era diferente. El vínculo entre ellos lo transformaba todo: cada roce, cada gemido, cada sensación, se sentía multiplicada, amplificada, compartida. Estaba segura de que jamás podría sentir algo así con nadie más.

Pero ya no podía contenerlo. Sus caderas se aceleraron, moviéndose sin control. Kogan, sintiendo cómo su cavidad se contrae alrededor de él, soltó sus glúteos para aferrarse con fuerza a su cintura. Las contracciones eran intensas, cálidas, incontrolables. Ella no podía detener el calor que se liberaba con tal fuerza.

De igual manera Kogan percibiendo por su pronto liberación, se esforzó por llegar con ella.

Cristal apoyó las manos sobre el pecho de Kogan y arqueó más su espalda. Un jadeo profundo escapó de sus labios al sentir cómo toda esa tensión acumulada se desbordaba entre sus piernas en una oleada de placer que la sacudió.

Kogan, con las manos firmes en su cintura, sintió la humedad envolverlo. La reacción de su luna lo llevó al límite. Aceleró sus embestidas y, tras unos segundos, alcanzó también su clímax, soltando un gruñido contenido mientras su cuerpo se tensaba bajo ella, descargando todo el deseo que había contenido por días.

Aun así, no permitió que se rompiera la conexión entre ellos. Cuando sintió cómo la humedad crecía entre sus cuerpos, redujo la intensidad de sus movimientos, pero aún punzaba con fuerza, firme y profundo, acompañando a su luna mientras ella se caía lentamente después de aquella explosión de sensaciones.

Las manos de Cristal resbalaron de su pecho, ahora cubierto de sudor, quedando sobre su hombro. Su respiración era entrecortada, descontrolada. Kogan, detuvo sus movimientos y deslizó su mano por su cabello, hasta su rostro, apartando el sudor que perlaba su frente.

Mientras ambos recuperaban el aliento, Cristal se acurrucó más contra él. Su agitada respiración chocaba contra su piel. Kogan la abrazó con fuerza, no solo como muestra de cariño, sino como una firme decisión: no volvería a ceder a esos instintos que todavía rugían dentro de él, deseando continuar.

La deseaba. Su cuerpo seguía ardiendo con solo sentir el calor de su luna pegado al suyo, y aún más al notar que seguían unidos, compartiendo el mismo centro. Sin embargo, al sentirla acomodarse entre sus brazos, pensó que volvería a dormirse... hasta que sus ojos se volvieron abrir de golpe al notar que ella volvía a apoyar las manos sobre su pecho.

Cristal, con la piel humedecida, cubierta por su aroma, era una visión imposible de ignorar. Sus pezones, brillando como perlas bajo la luz plateada de la luna, parecían llamarlo. Gotas de sudor bajaban por sus pechos, resbalaban por su vientre, y algunas terminaban chocando contra él. Su cabello, pegado a la piel, y esa mirada que le lanzó... todo en ella decía que no había terminado.

Kogan la contempló atónito. Ella le sonrió con dulzura, deslizando los dedos por sus músculos mojados, la seducción impregnada en cada gesto, cada mirada, en el movimiento lento de sus labios y lengua.

Entonces la escuchó decir:

— Rax, mi amor —.

Kogan tragó saliva al escucharla invocar a su lobo. No sintió celos, en absoluto. Lo que él sentía, también lo sentía Rax. Sabía perfectamente por qué lo llamaba. Antes de los terribles sucesos que los marcaron, él y su lobo solían debatirse por estar con ella. Pero Rax se había mantenido casi ausente.

— Rax… ven —.

Cristal volvió a llamarlo. Pero no hubo respuesta. Ella insistió, sin rendirse, hasta que finalmente él ya no pudo seguir ignorando el llamado de su amada luna. El cambio en sus ojos fue sutil pero claro.

El lobo jadeaba, su semblante era más serio y decidido que el de Kogan. Iba a decir algo, pero Cristal no le dio la oportunidad.

Se inclinó de inmediato y lo besó. Rax se sorprendió, pero reaccionó con firmeza, tratando de apartarla. Sin embargo, ella entrelazó sus dedos con los suyos, impidiendo su intento de detenerla.

A pesar de su resistencia, él lobo no pudo evitar corresponderle. Al principio fue suave, contenido, pero todo cambió cuando Cristal deslizó sus labios hasta su cuello y lo mordió con una mezcla de dulzura y deseo.

El cuerpo del lobo se estremeció. Sintió su lengua tibia recorrerle la piel, los dientes rozar con lentitud hasta su clavícula, luego una mordida, suave y húmeda, seguida por una intensa succión que dejaría marcas visibles sobre su cuello.

El lobo, que creía tener el control, se sintió pequeño ante su luna. Vulnerable. Aun intentando detenerla, ella inició un lento y delicioso vaivén con sus caderas, y fue ahí cuando recordó que seguían unidos, que él aún estaba dentro de ella. Toda su piel volvió a erizarse.

Cristal, inclinada hacia atrás, montándolo con seguridad, mantuvo el ritmo sensual mientras admiraba las marcas que había dejado sobre su piel. Su respiración era pesada, sus movimientos firmes y controlados.

— Carajo… — gritó él, sin poder evitarlo.

Rax, con el semblante serio, se mordió los labios. No quería perderse en el placer que su pareja le provocaba… pero ya era tarde. Debería haber cortado la conexión antes. Había caído en su trampa.

Cristal lo miró juguetonamente al percibir sus pensamientos. No detuvo sus movimientos; por el contrario, usó las manos entrelazadas como impulso para alzarse y dejarse caer con más fuerza sobre él. El gruñido contenido de Rax lo delató. Pero entonces, la luna detuvo su vaivén un instante al ver su expresión: no era solo deseo lo que ardía en sus ojos. Había tensión en su mandíbula, una sombra de duda en su ceño fruncido… y tristeza.

Pero ella creyó entender el origen de esa mirada: sus deseos reprimidos, su conflicto interno por pensar siempre en su bienestar. Y sin romper la conexión, deslizó una pierna hacia el otro lado, cambiando de posición con fluidez y seguridad.

Rax quedó atónito. Comprendió enseguida lo que ella había hecho. En segundos, su pequeña espalda y el redondo trasero de su luna estaban frente a él. Soltó un suspiro resignado, con las pupilas dilatadas. Ella lo conocía… sabía cuánto le gustaba verla así.

Cristal, apoyada sobre sus rodillas, giró brevemente el rostro para mirarlo. El deseo contenido en los ojos de su lobo le provocó una sonrisa traviesa. Percibió sus pensamientos con claridad: la había imaginado en esa posición más veces de las que podría admitir. Sin apartar la mirada, reanudó sus movimientos, esta vez haciendo ondear su trasero de arriba abajo con fuerza, haciéndolo estremecer bajo ella.

Rax cerró los ojos con fuerza. Respiraba con dificultad, luchando por no ceder. Pero su voluntad flaqueó cuando volvió a mirar. El golpe visual fue devastador: las nalgas chocaban contra su pelvis, su piel estremeciéndose a cada embestida. La visión de su pene deslizándose dentro y fuera de ella fue demasiado.

— ¡Maldita sea! — espetó.

Cristal quedó satisfecha al escucharlo. Aumentó el ritmo, sin sorprenderse cuando las manos de Rax se deslizaron por su cuerpo. Una encontró su pecho, lo acarició y lo apretó con firmeza; la otra buscó su intimidad. Sus dedos rozaron con precisión sus pliegues hasta encontrar su clítoris y lo frotaron con movimientos circulares, encendiendo aún más su cuerpo.

Ella jadeó con fuerza, sus músculos temblaban de placer. El contacto con su piel, las caricias, el aliento de Rax en su espalda, y luego su lengua lamiendo, mordisqueando con delicadeza… la volvieron loca. Su cuerpo entero era una llama viva, y no le importaba si alguien escuchaba sus gemidos más allá de su habitación. Lo importante era que había logrado que tanto Kogan como Rax se entregarán. Ya no permitiría que continuarán conteniéndose.

Rax colocó sus manos firmes sobre la cama y comenzó a moverse con fuerza, embistiendo hacia arriba, dominando el ritmo. Cristal se acopló con destreza, acelerando sus movimientos, haciendo que el sonido húmedo de sus cuerpos al unirse resonará como un eco rítmico en la habitación.

Pero eso hizo que los horribles recuerdos regresaran a su mente. En aquella posición, la imaginó de ella tendida bajo él, en un charco de sangre, suplicando que se detuviera.

Cristal estaba agotada, pero no se detenía. Sus caderas no dejaban de moverse. Pero en su concentración y posición, no había notado el cambio en el semblante de de Rax, hasta que fue demasiado tarde.

De pronto, sintió cómo sus fuertes brazos se enrollaron alrededor de su cintura con firmeza. Un tirón certero bastó para moverla, y en cuestión de segundos, Cristal dejó de estar sobre él para quedar de costado, recostada a su lado en la cama.

— ¿Q-qué sucede? — preguntó, confundida por sus acciones.

Rax, sin mirarla, se mantuvo aferrado a ella. Había cortado su unión con aquel movimiento, y con voz grave le dijo tras su espalda:

— Has hecho mucho esfuerzo —.

— Rax, estoy bien — refutó ella enseguida, girando un poco la cabeza. — Me acosté antes del anochecer, he descansado lo suficiente. Si te preocupa que me desmaye… puedo quedarme así —.

Cristal envolvió sus brazos alrededor de su cuello, sonriendo con dulzura mientras acariciaba su rostro. Lo atrajo hacia sí y lo besó con intensidad. Él apoyó las manos a ambos lados de su cuerpo sobre la cama para no dejar caer su peso sobre ella, las piernas de su luna se enredaron firmemente a su cintura, sujetándolo y atrayéndolo aún más.

Rax quedó sobre ella, sintiendo el calor de su cuerpo y el latido acelerado de su corazón. Sabía que debía detenerse, que sus palabras no habían calado en ella como esperaba. Quería que se detuviera, que lo escuchara, pero Cristal seguía moviéndose, provocándolo, frotándose lentamente contra su miembro, rozando con intención la entrada de su intimidad, avivando el deseo que él intentaba contener.

Su respiración se hizo más pesada. Por más que luchara contra ello, su cuerpo comenzaba a responder. Sus manos temblaron levemente al sentir cómo ella lo atraía una y otra vez hacia sí. Era imposible no reaccionar.

El rostro del alfa mostraba una mezcla de emociones. Cristal, al observarlo por un instante, se detuvo. No era solo deseo lo que reflejaban sus ojos. Era culpa. Era dolor. Era miedo de volver a lastimarla.

Pero ella no retrocedió. Solo lo abrazó con más fuerza, como si buscara calmar aquella tormenta dentro de él con su calor.

El lobo cedió momentáneamente, perdido en el placer. No iba a negarlo, la deseaba con todas sus fuerzas.

Pero cuando abrió los ojos para contemplar a su luna, la imagen de ella nuevamente tendida en ese mar de sangre, eso lo quebró. Sus manos, con las que la sostenía, comenzaron a temblar, y no pudo controlarlas.

Rápidamente acercó su frente a la de ella y, con la voz temblorosa dijó:

— ¡Duérmete! — ordenó, con voz urgente contenida.

— Rax… pe-pero… —.

Los ojos de la luna se cerraron al instante, sin que pudiera evitarlo, sumergiéndose en un profundo sueño.

Rax, con la respiración agitada, se apartó de ella. El dolor en su semblante se intensificó. Observó cómo la tenue luz del alba comenzaba a delinear el horizonte, mientras sus dedos temblorosos se deslizaban por las mejillas de su luna.

La cubrió con las sábanas con delicadeza y se sentó al borde de la cama, contemplando sus propias manos que aún temblaban. Volvió a mirarla, sabiendo que ahora estar cerca de ella sería más difícil... especialmente después de lo que acababa de hacer.

Pero ella no sabía lo terrible que seguía siendo para él... verla.

Sin pensarlo más, corrió hacia el balcón, una amplia plataforma abierta al vacío, sin puertas ni parapetos, donde el viento fluía sin obstáculos.

Al saltar, su cuerpo fue envuelto por una neblina negra. Y mientras descendía desde aquel gran edificio, su forma lobuna emergió.

El lobo corrió con toda su fuerza, adentrándose en el inmenso bosque que rodeaba la guarida.

Corrió durante largos minutos hasta detenerse frente a un arroyo con una imponente cascada. Volvió a su forma humana y se dejó empapar por el agua fría. No era para calmar sus deseos, sino para intentar apaciguar su mente.

Rax, con la tristeza marcada en el rostro, pasó ambas manos todavía temblorosas por su cabeza y las deslizó hasta aferrarse al cabello. Su mente lo arrastró a aquel día… el día en que hirió salvajemente a su luna. Sus labios temblaron ante los recuerdos: verla sangrando, su piel marcada por su brutalidad.

Quería olvidar. Deseaba arrancarse aquella memoria, pero era imposible.

Y como si eso no bastara, el último recuerdo que lo atormentaba era aún más cruel: ese instante en que pronunció las palabras para rechazarla. Recordar su dolor, la sangre recorriendo sus labios… era como abrir una nueva herida en su alma.

Él era el causante de todo. De su dolor. De su sufrimiento. 

¿Cómo podía mirarla sin sentirse un miserable? 

Si no se hubiera perdido en su lobo terrible, su luna jamás habría sufrido. 

Y ¿Cómo había sido capaz de pensar que rechazarla era lo mejor?

Mientras el agua golpeaba su cabeza, Rax permaneció allí… toda la mañana. Silencioso, quebrado, solo con su culpa.

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