Mundo ficciónIniciar sesiónEl alfa avanzaba con pasos firmes pero pausados bajo el manto de la noche. La luz plateada de la luna se filtraba entre los huecos del follaje, dibujando destellos fugaces sobre su silueta en movimiento. Cada crujido de las ramas secas bajo sus pies resonaba en el silencio, amplificando la soledad de su andar.
Habían pasado dos(2) días desde la última vez que la vio. No era porque no quisiera, sino porque sus acciones aquella noche lo habían delatado. Caminaba con lentitud, atrapado en una mezcla de emociones. Por un lado, no deseaba confrontarla; por otro, la necesidad de verla y respirar su aroma, ese que siempre lograba calmarlo.
Perdido en sus pensamientos, llegó sin darse cuenta a una de las tantas guaridas del territorio. Frente a él, el edificio se erguía bajo la luz nocturna. Sus ojos se detuvieron en un balcón naire en particular: la suya. Sabía que ella estaba allí. Había esperado con paciencia la llegada de la medianoche, seguro de que su luna ya estaría profundamente dormida.
Con un ágil salto, aterrizó sobre la plataforma del balcón. Sigiloso, recorrió el interior con la mirada hasta encontrarla.
Cristal yacía dormida sobre la cama; su postura revelaba que lo había estado aguardando.
Entró sin emitir un solo sonido. A cada paso, la dureza de su expresión se desvanecía, dejando al descubierto la tristeza y el arrepentimiento que lo consumían. Al verla, con las piernas colgando del borde del colchón, un remordimiento punzante le oprimió el pecho.
Tomando una de las butacas de su habitación, Rax la colocó justo frente a la cama. La luz de la luna se filtraba por la ventana, proyectando su resplandor plateado hasta donde descansaba ella. Se sentó, apoyando los codos sobre las rodillas, y la observó en silencio, sin intención de acercarse, consciente de que cualquier movimiento podría despertarla.
Su mirada se posó en su rostro; pudo notar la piel ligeramente arrugada y brillante, clara evidencia de que había estado llorando. Desde el instante en que Roland le informó del sufrimiento de su luna, había tomado la decisión de regresar.
No quería volver a ser la causa del dolor de su compañera.
Desde que había encontrado a Cristal, el alfa había experimentado emociones desconocidas para él, y revivido otras que creía enterradas para siempre.
Un recuerdo fugaz lo arrastro: la imagen del alfa Zosran atravesando el pecho de su tan esperado hermano, Hiro.
Cuando estaba por cumplir sus cinco décadas de vida (50 años), su padre le anunció que habría pronto otro alfa. Él comprendió que tendría un hermano y, al nacer, cuando lo sostuvo entre sus brazos, sintió por primera vez en su vida, que debía proteger algo con todas sus fuerzas.
Ahora, aquel recuerdo regresaba con crudeza: la sangre brotando de su pecho y de la boca de Hiro, sus ojos mirándolo con súplica, con miedo… y con la resignación de quien sabe que pronto llegará a un lugar sin retorno.
Rax sacudió la cabeza, intentando expulsar ese y las imágenes fugaces de su moribunda luna. Sin embargo, aquello le trajo de vuelta las palabras de su padre en su primer día de entrenamiento, resonando con nitidez:
"Somos bendecidos por la Diosa Lunar al cumplir sus leyes… pero no confíes ciegamente en todos los que dicen seguirla".
Tras el ataque de Zosran, comprendió que su padre se refería, sobre todo, a que nunca debía confiar en los alfas de las otras manadas.
En ese instante, Rax frunció el ceño al recordarlo. Nuevamente, memorias fugaces del pasado: la dicha inmensa que lo embargó el día en que Tou nació, aquel momento en que lo sostuvo por primera vez entre sus brazos, tan pequeño, tan frágil, y aún así lleno de vida. Recordó la calidez al sentir el débil latido de su hermano contra su pecho, y cómo esa emoción lo marcó con una felicidad indescriptible. En silencio, hizo el mismo juramento al igual que con sus otros hermanos: protegerlo, guiarlo y enseñarle todo lo que sabía.
Pero su traición fue devastadora… tan profunda, que ahora aceptaba con un peso amargo, temía que sus otros hermanos, e incluso sus propios padres, pudieran actuar igual.
Esto y otros pensamientos atormentaban al alfa. Él desvió la mirada hacia el círculo luminoso en los oscuros cielos, contemplándola con silenciosa devoción, como si esperara que, de alguna manera, la Diosa Lunar pudiera ayudarlo a calmar sus emociones.
Por primera vez en sus siglos de vida este joven alfa, deseaba no haber nacido con tanto poder, así sus betas habrían logrado detenerlo con facilidad.
En ese instante Cristal, abrió sus ojos sintiendo ardor en su pecho, una inmensa tristeza y sufrimiento, se apoderaba de ella, con su mirada borrosa, distinguió una silueta frente a la cama y supo de inmediato quién era.
Rax mantenía su mirada perdida hacia la luz plateada que se filtraba por la ventana. su semblante sereno y tranquilo, ocultaba el tormento interno que lo azotaba.
Cristal se levantó, y caminó hacia él, sin cautela alguna. Él estaba tan absorto, con la guardía baja que se sorprendió al oír.
— Rax… —.
El llamado de su luna lo hizo volver. Giró la cabeza lentamente para verla frente a él; Cristal notó su asombro, sabía que buscaba una manera de escape.
Se posicionó rápidamente en su regazo. No iba a permitir que esta distancia continuará. El lobo, que anhelaba su cercanía, no pudo resistirse; instintivamente la rodeó con sus brazos, la atrajo así mismo hundía el rostro entre su pecho para aspirar aquel olor que tanto lo apacigua.
Cristal sobre él, con las piernas a ambos lados de su cuerpo. Sintió cómo se relajaba y tomó con suavidad su rostro obligándolo a mirarla.
En el instante en que sus miradas se encontraron. A pesar que la esclerótica de sus ojos tenía ese tono naturalmente oscuro, la tristeza que se escondía en su interior podía distinguirse.
Sin alargar lo inevitable, pronunció con voz cargada de dolor:
— ¿Por qué me estás evitando? —.
Las palabras golpearon directo en su pecho. Rax volvió a recordar lo que Roland le había dicho: que su luna había estado sufriendo por su ausencia.
Por temor a enfrentarla, se había quedado en aquel arroyo durante 2 días, incapaz de reunir el valor para regresar. No obstante, no podía permitir que ella siguiera sufriendo; al final decidió volver. Sin embargo, la imagen de su luna malherida era un tormento sin fin.
Cristal, percibiendo su tristeza, unió su frente con la de él con ternura. Entrelazando sus manos, sintió de inmediato cómo esa poderosa atracción los unía como imanes. Sabía que era el vínculo, especialmente después de los días que habían pasado sin verse.
— Rax, yo… — comenzó a decir con la voz cargada de tristeza, cerrando los ojos. — Todavía desconozco mucho de tu mundo, pero quiero que sepas que comprendo por qué te descontrolaste —.
El cuerpo y las manos de él empezaron a temblar ante sus palabras.
— No voy a negarte… tuve mucho miedo, padecí mucho dolor, pe… —.
En ese instante, Cristal abrió sus ojos para verlo, pero se sorprendió al encontrarse con la mirada de Kogan.
— ¡Quiero hablar con Rax! — exigió ella inmediatamente, con tono autoritario y la voz cargada de desesperación.
Había comprendido que él había vuelto a evitarla. Ella deseaba poner fin a su tormento y expresarle sus sentimientos. No obstante, al parecer no sería tan sencillo.
— ¡Por favor, hazlo volver! —.
— No quiere — respondió Kogan con seriedad. — Él sabe que, si no hubiera sido por él, no hubieras vuelto a sufrir —.
Al escucharlo decir esto, vio cómo una lágrima rodaba por su mejilla. Cristal parpadeo, reflexionando en ese instante que Kogan al igual que Rax sufría.
En el mundo de los licántropos, el alma humana y la lobuna son consideradas un mismo ser. La parte humana tiende a conectarse con la parte humana de su pareja, y la lobuna con la lobuna. Sin embargo, eso no significaba que una debiera ignorar a la otra, porque ambas coexisten en uno mismo. Y, siendo Cristal una sola consciencia, debía ofrecer el mismo afecto y cercanía tanto a la conciencia humana como a la lobuna.
Cristal prestaba una especial atención a Rax y había descuidado a Kogan. En los últimos 3 meses, la actitud de su pareja era muy distinta a como lo había conocido.
Recordó las enseñanzas sobre cómo expresar sus sentimientos a través del vínculo, Cristal los dejó fluir. Como humana le resultaba difícil comprenderlo, pero había prestado especial atención a esas explicaciones.
Volvió a unir su frente con la de él, inclinó su rostro y depositó un tierno beso. El alfa no dudó en responder, siguiendo los lentos y suaves movimientos de sus labios. En un instante, Kogan se sorprendió al notar cómo su luna utilizaba su vínculo de manera correcta.
No había duda de que ella había sido escogida por la Diosa Lunar. Cualquier otra no hubiera querido verlo, ni mucho menos ser tocada por él; se habría marchado de su lado sin dudarlo. Pero ella estaba ahí, apaciguando y curando su dolor.
Él se había dejado arrastrar por el enojo, igual que Rax. Era la primera vez que era calmado por su luna, de las veces que su lobo terrible surgió. No recordaba las consecuencias que le traería a su pareja. Pero ahora estaba seguro de que no se desataría con tanta facilidad, y menos aún pondría la seguridad de su luna nuevamente en riesgo.
Con estos pensamientos, Kogan acercó aún más a su luna con sus brazos. Giró su mirada para encontrarse con sus ojos y, con un simple asentimiento, aceptó sus deseos, volviendo a unir su rostro entre su pecho.
Cristal también envolvió sus brazos sobre su cabeza, y sus manos se posaron entre su cabello, que comenzó a acariciar. Una media sonrisa se dibujó en sus labios, para luego desvanecerse, pues sabía que esto no había terminado. Rax se había encerrado en lo más profundo de su mente, bloqueándola, sin querer abrir su vínculo con ella.
Los hechos del pasado lo afectaba enormemente, a tal grado de no poder mirarla, pero Cristal no se daría por vencida.
— Rax, por favor, escúchame — volvió a suplicar.
Kogan, con su rostro aún entre sus pechos, negó suavemente.
— No quiere. Por más que le insistas, él no va a ceder — mencionó.
Estaba por decir dulces palabras para calmar su angustia e indicarle que le diera tiempo, aunque sabía que Rax podía durar años e incluso décadas evitandola. No obstante mientras pensaba, escuchó algo que no esperaba:
— ¡Está bien! Si él no quiere, yo igual —.
Aquellas palabras, cargadas de enojo y con un tono autoritario, lo dejaron helado. Cristal se apartó, dejando a Kogan confundido por su repentina lejanía.
¿Y qué había querido decir ella?
El alfa la observó caminar hacia un costado de la cama, donde tomó una maleta de equipaje que él había ignorado que se encontraba allí. Kogan se quedó mirando en silencio, incrédulo de que ella fuese capaz. Pero al verla dirigirse hacia la puerta, reaccionó.
— ¿A dónde vas? — preguntó, levantándose de golpe.
Su voz tembló en aquella pregunta mientras iniciaba a caminar tras ella.
— Regresaré a Itmu —.
— ¡No! — replicó Kogan con tono autoritario.
De inmediato extendió la mano para detenerla; sin embargo, Cristal apartó la suya evitando que la sujetara, y continuó con pasos firmes hacia la puerta.
— ¡Tú no irás a ningún lado! — afirmó él con desesperación y bramó. — ¡Debes permanecer aquí! —.
Cristal no se detuvo ante sus palabras. Cuando estaba por llegar a la puerta, fue Rax quien tomó el control, colocándose con agilidad frente a ella, bloqueando su salida.
El simple hecho de saber que ella abandonaría su territorio lo alteró. Había dejado su encierro porque comprendía que su decisión se debía a su afán por evitarla.
— ¡Hazte a un lado! — espetó ella, soltando la maleta para enfrentarlo.
Rax negó con el ceño fruncido, cruzando sus brazos como quien declara que nada podría moverlo.
Cristal, enojada, caminó hacia él consciente de que tal vez sería imposible moverlo. Sin embargo, logró hacerlo a un lado con sorprendente facilidad.
El alfa, que cayó al suelo, con ojos sorprendidos.
“¿Cómo lo logró?”, pensó.
No había duda, su compañera era única, capaz de mucho más de lo que él mismo conocía. Además:
¿Quién se atrevería a enfrentarlo?
No obstante, en ese momento no tenía tiempo de pensar en ello, pues su luna había sujetado el pomo de la puerta y la había abierto.
Cristal, con la determinación marcada en su rostro, estaba dispuesta a marcharse. Si él no quería verla, le cumpliría su deseo. Estaba por tomar la maleta, pero sintió una fuerte ráfaga: Rax se movió con agilidad y, poniéndose frente a ella, pateó con fuerza el equipaje.
Al instante, la maleta se destrozó en pedazos. Los fragmentos volaron junto con la ropa y se estrellaron contra la pared y por toda la habitación. Cristal tuvo que cubrir su rostro mientras todo se dispersaba por la habitación.
Aquella acción sólo aumentó su enojo. Lo miró con rabia, luego le dio la espalda y continuó con pasos firmes. No iba a negar que sus acciones la habían sorprendido, pero eso no la detendría y sin sentirse intimidada, declaró:
— Me iré a Itmu. Cuando dejes de ignorarme, regresaré —.
Sabía que esas palabras crearían desesperación. Dio apenas 2 pasos antes de sentir su muñeca atrapada. Cristal fue jalada hacia atrás y chocó contra su cuerpo. Él alfa la sujetó por debajo de las caderas.
— ¡Suéltame! — exclamó ella prácticamente colocada en su hombro.
— No — respondió Rax, cerrando la puerta tras ellos y dijo: — Hablemos —.
— ¡¿Ahora quieres hablar?! — inquirió ella con enojo. — ¡Yo ya no deseo hablar contigo, quiero irme de aquí! —.
Cristal forcejeó con fuerza. El deseo de irse le recordó al alfa los primeros días de su llegada, en la que ella desconocía que era su pareja y luchaba por marcharse.
Su luna envolvió sus piernas a su cintura, aferrándose a él, buscando mantener la espalda firme para escapar del agarre de sus manos. Él había olvidado que ella no era una mujer dócil. Notando que pronto lograría zafarse, como pudo la llevó hacia la cama, la recostó y se posicionó sobre ella.
— ¡Cálmate! — pidió, al verla continuar con su forcejeo.
La sujetó por ambas muñecas, presionándolas contra la cama. Pero sus piernas, que antes se aferraban a él, ahora se movían sin tregua. Aun así, Cristal siendo una humana no podía rivalizar con un alfa de nueve siglos y medio de vida (950 años).
Solo bastaron unos segundos para inmovilizarla bajo él.
— ¡Suéltame, déjame ir! — espetó ella, sin dejar de resistirse.
Rax, viendo la determinación de su luna en marcharse, sabía que él era el culpable.
— ¡Por favor no…! — exclamó, apoyando su frente sobre su cuello, justo donde llevaba su marca.
Al escucharlo, Cristal desvió la mirada hacia él, respirando de manera agitada sin detener su forcejeos.
— ¡Por favor… no te vayas! — volvió repitió con desesperación. — Yo… —.
Cristal dejó de resistirse al sentir cómo, en el lugar donde él apoyaba la cabeza, su piel comenzaba a humedecerse.
“¿Está llorando?”, pensó ella.
El lobo, al percibir que su pareja se tranquilizaba, soltó sus muñecas y deslizó las manos por su cintura, aferrándose a su cuerpo. La sola idea de imaginarla lejos de su territorio lo perturbaba. Su luna era astuta, y ahora, resignado, comprendía que sería confrontado.
Por un momento creyó que seguiría enojada, pero pronto sintió sus delicadas manos en su espalda, mientras una de ellas se deslizaba tiernamente entre su cabello.
— Déjalo atrás — susurró ella acariciándolo en consuelo
El alfa comprendió lo que sus palabras querían decir, pero no podía.
— Casi te mató… — susurró con un sufrimiento marcado en su voz.
Aquello hizo que Cristal detuviera sus caricias.
— No sé cómo no me detuve ante tus súplicas… ante tus gritos, ante tu dolor… — confesó con voz quebrada, aferrando con más fuerza el abrazo hacia ella, y la humedad en su piel aumentaba. — Lo recuerdo todo… y no sé cómo no fui capaz de detenerme —.
Cristal escuchaba los ligeros sollozos y luego sintió cómo el cuerpo de su pareja temblaba sobre ella.
— Rax, estoy aquí contigo — susurró con ternura.
Ambos permanecieron en tranquilo silencio por unos largos minutos hasta que ella finalmente dijera:
— No comprendo en su totalidad este nuevo mundo en el que me encuentro, pero puedo decirte que no te tengo miedo. El deseo de estar a tu lado es más fuerte que nunca, y no me arrepiento de haber corrido hacia ti ese día —.
Sus palabras lo sorprendieron, Rax separó su rostro del lugar donde había permanecido apoyado y la observó con atención. La honestidad y sinceridad de sus palabras se reflejaban claramente en su mirada.
— No sé… cómo puedes decir eso — murmuró, sin comprender cómo, con tan poco tiempo en su mundo, ella podía aceptarlo.
El lobo se movió hacia un lado, tomando asiento sobre la superficie de la cama y ayudando a su luna a hacer lo mismo. Cristal no dudó en acercarse para abrazarlo, gesto que él no pudo rechazar. Sujetándola por la cintura, la atrajo hacia sí, haciendo que ella quedara nuevamente sentada sobre él, con ambas piernas a cada lado de su cuerpo.
La luna recostó su cabeza sobre su pecho, y Rax, con ternura, comenzó a acariciar su brazo y su cabello. Estuvieron así nuevamente por un par de minutos, hasta que él rompió ese hermoso silencio.
— No sé cómo puedes decirlo con tanta tranquilidad, después de lo que te hice — dijo sin dejar de acariciarla. — Yo debo protegerte, y casi te llevo a ese lugar… a ese lugar donde no hay retorno —.
Cristal inclinó la cabeza para mirarlo y ver cómo todavía sus lágrimas surcaban sus mejillas. Ella extendió la mano hacia su rostro; Rax cerró los ojos al sentirla limpiar la humedad de su piel.
— Después de todo ese tormento que padecistes … luego de eso… intenté rechazarte —.
Esto último salió con mucha culpa.
— ¿Esa es la razón por la que has estado evitando? — preguntó ella, recordando que fue justo en aquel momento, cuando él no pudo terminar el rechazo, que se encerró.
En esos meses, había logrado verlo únicamente al despertar, para luego verlo desaparecer, como si solo velará por ella mientras dormía.
— Roland me ha explicado porque tomaste esa decisión, fue en base a que deseabas protegerme y no te culpo por hacerlo — dijo con voz suave.
Aquellas palabras hicieron a Rax mirarla con incredulidad.
— ¿Por qué dices eso? — preguntó él en voz baja, inclinando su cabeza. — Volví a hacerte sufrir, volví a ignorar tus súplicas. No sé porque pensé que eso sería lo mejor. No soy digno de ti —.
Cristal parpadeo comprendiendo porque él no podía verla y porque la había estado evitando. El estuvo por romper ese lazo único entre parejas. Ese Lazo que Lynn y Acua le indicaron que no debe romperse.
— No digas eso, eres lo más importante en mi vida — respondió ella con voz dulce, sintiendo cómo su pecho ardía al percibir el profundo dolor que consumía el alma de Rax. — Yo no estoy enojada contigo… lo único que deseo es que dejemos atrás ese capítulo de nuestras vidas, porque ahora es un muro que se levanta entre tú y yo —.
Cristal unió su frente a la de él, buscando que el lazo entre ambos hablara más fuerte que cualquier palabra. Rax, sin embargo, se resistía a mirarla; pero la sinceridad en su alma lo desarmaba.
Sentía vergüenza, sentía culpa, y aun así el calor de su luna lo envolvía como si nunca hubiera sufrido por él.
Pero al mismo tiempo, una espina seguía clavada en lo más hondo de su ser y al percibir que ella tenía ese sentimiento hacia ese ser, su ceño se frunció, y Cristal lo notó.
— Dejemos todo ese dolor atrás — insistió ella con ternura, volviendo a tomar sujetar su rostro para mirarle, y escuchó decir:
— No — respondió él con voz grave, firme, con un temblor contenido. — No puedo olvidarlo todo… ¡porque al hacerlo estaría olvidando lo que él hizo! —.
Las palabras de Rax cargaban con una ira vieja, un resentimiento vivo que no había cicatrizado. Ella lo sintió en el vínculo: esa furia, traición y rencor hacia su hermano. Ni él ni Kogan podían soltarlo tan fácilmente.
Cristal sabía que sería difícil, ya se lo habían advertido. Tou había cometido un acto imperdonable, y las consecuencias aún ardían como brasas encendidas. Pero en su corazón ella deseaba que su pareja lo liberara, porque intuía que, en el fondo, su hermano cargaba con un castigo aún mayor que el que cualquier otro pudiera imponerle.
— Tou ya está padeciendo terriblemente — susurró acariciando el rostro de su pareja.
Notó cómo la mención del nombre de su hermano endurecía su expresión, devolviéndole esa ira que tanto lo consumía.
— ¡Sus acciones no pueden pasarse por alto! — replicó él, con voz llena de resentimiento.
— Lo sé — respondió Cristal, con suavidad, con compasión en cada palabra. — Pero, aun así, creo que de todos, él es quien más sufre… —.
— ¡¿Sufrir?! — escupió Rax con desdén. — Mi manada pagó por su traición… y tú… ¡Tú fuiste quien más sufrió por lo que él hizo! —.
Cristal bajó la mirada, sabiendo que no podía borrar esas cicatrices. Aun así, lo abrazó más fuerte, como si pudiera tomar parte de su dolor. Sabía que su herida tardaría en sanar, pero no se rendiría, no podía dejarlo hundirse en ese rencor.
No obstante continuaría intentando en otra ocasión y se concentró en romper esa barrera que los separaba. Entonces cambió su enfoque.
Viendo esa ira reflejada en su rostro dijo:
— Olvidaremos tu intento de rechazarme —.
Al decir esto el rostro de Rax quien mantenía el ceño fruncido por sus palabras cambió en asombró. Su cuerpo comenzó a temblar ligeramente.
— ¿Estás dispuesta a olvidarlo? — murmuró él, aunque ya lo sabía.
Por el vínculo que compartían entendía lo que ella le ofrecía.
Entre los licántropos, cuando alguien perdona o está dispuesto a olvidar, se sobreentiende como si nunca hubiera sucedido. Y su compañera, estaba dispuesta a hacerlo.
— Soy tu luna — respondió con voz cargada de amor y determinación. — Me duele verte sufrir… si eso es lo que te atormenta, entonces lo olvidaremos —.
Dicho esto, el cuerpo del alfa se tensó. Era cierto que aquel intento de rechazarla había sido el inicio de su distanciamiento. Pero ambos sabían que no era la única razón: él cargaba también con el tormento de todo el dolor que le había causado.
Sin embargo, al olvidar aquel instante, regresaban justo al punto previo a su intento de rechazo, justo después que ellos tomaran esa terrible decisión, si, justo después que la misteriosa voz hablara a Cristal, y le mostrará lo que habría ocurrido si no lo hubiese detenido aquel día, en el preciso momento en que, tras despertar y evitarlo, finalmente ella deseaba verlo.
Cristal viéndolo inmobil por su petición, actuó con decisión, se inclinó suavemente, logrando que quedara recostado sobre la cama. Ella se sentó sobre su pelvis, entrelazó sus manos con las de él y, acercando su rostro, susurró:
— Lo olvidaremos… quiero que vuelvas a ser el de antes — declaró con firmeza, para luego añadir con tono severo: — Si no aceptas, me iré por mucho tiempo —.
Era si o si. Su ultimátum.
El alfa quisó decir algo, pero se mantuvo en silencio. No podía negarse: si lo hacía, su luna se marcharía.
¿Tenía opciones para impedirlo?
Sí, las tenía. Pero sabía que algunos betas estarían dispuestos a escoltarla hasta el territorio del alfa Logan, solo para castigar su terquedad y hacerlo sufrir.
Ahora, después de aquella conversación, no podía arriesgarse y no deseaba volver a lastimarla. Además, ella había descartado la idea de que olvidarán la traición de Tou.
Rax, sin mostrar expresión alguna, sostuvo la firmeza en los ojos de su luna. Afianzó el enlace de sus dedos con una mano y, con la otra, rodeó su cintura para hacerla girar en un solo movimiento.







