Mundo ficciónIniciar sesiónEn segundos, él quedó sobre ella. Una sonrisa retorcida surcó sus labios.
— ¿Quieres que vuelva a ser el de antes? — murmuró con un aire de desdén, mezclado con ironía. — Espero que no te arrepientas de esas palabras —.
Los ojos de Cristal se abrieron con asombro. El gesto ensombrecido de Rax había cambiado en un instante.
¿Qué quería decir con “no arrepentirse de sus palabras”?
— Enseguida lo comprenderás —.
Tras percibir sus pensamientos, el alfa tomó la mano de su luna y besó su palma.
Cristal, bajo su cuerpo, tragó hondo, arrepintiéndose de lo que había dicho, y comprendiendo lo que sus palabras significaban.
Lo sabía, lo sentía a través del vínculo.
Los dedos del alfa se deslizaron hasta el botón y el cierre de sus pantalones. Cristal se quedó petrificada ante el cambio repentino de su actitud. Cuando sus prendas fueron arrancadas con fuerza, su mente se inundó de recuerdos: aquellas noches previas y posteriores al pacto, donde no había respiro, donde sus gemidos se alzaban como la única melodía que llenaba el aire durante horas. Sus caricias seguían el compás ardiente de los deseos, desvelos insaciables que parecían no tener fin, hasta que la oscuridad finalmente la reclamaba.
Durante los últimos meses, él había sido alguien distinto: tranquilo, silencioso, observándola y cuidándola. Pero ahora que habían olvidado… volvía a ser esa bestia que la devoraba con una pasión incontenible.
El lobo, notando que su luna se perdía en pensamientos, se inclinó sobre ella. Ya despojada de sus prendas, Cristal se sobresaltó al encontrarse con esa mirada peligrosa y la sonrisa siniestra en sus labios.
Rax, con la misma determinación con la que había arrancado sus ropas, la besó. Aquel beso estaba cargado de emociones y semanas de deseo contenido. Cristal luchaba por seguirle el ritmo, hasta que al fin logró un respiro. Entonces, la lengua de su pareja se deslizó por su mejilla hasta su lóbulo, al que atrapó entre sus labios para chuparlo.
— Rax… — gimió ella.
El calor la envolvía mientras él mordía suavemente su cuello, para luego lamer su marca, haciendo que su piel se erize. Sabía lo que significaba: un macho que lame su marca declaraba su deseo de aparearse, y aquello encendía en ambos una pasión irrefrenable.
Él descendió por su clavícula hasta uno de sus senos, y sin demora atrapó su pezón. Lo lamió, lo mordió, y luego, juntó ambos pechos para atormentarla como la primera noche, succionando de manera alternada y luego juntó ambos pezones.
La luna mordió sus labios, conteniendo los gemidos que amenazaban con escapar, no por vergüenza, sino porque deseaba gritar sin contención. Sabía que la última vez había sido escuchada. Pero Rax estaba fuera de control, y contenerse era difícil.
— Es inevitable, mi luna — susurró con voz ronca, acariciándola.
A través del vínculo, él percibió la razón de su resistencia.
— Hoy será imposible que te contengas. Pero puedo ser cuidadoso por la mañana… —.
Sus palabras la estremecieron. Comprendió que él se controlaría solo hasta cierta hora, y que hasta entonces, nada lo detendría. Cristal acarició su rostro en señal de aceptación. Al contacto, él cerró los ojos, sintiendo cómo esa simple caricia lo estremecía de un modo único, imposible de describir, un efecto que solo ella podía lograr.
Embelesado, el alfa bajó la cabeza y depositó un beso en la piel de sus pechos, descendiendo en línea recta con otra serie de besos hasta su vientre. Allí se detuvo un instante, lamiendo con suavidad aquella zona sensible. Cristal lo observaba avergonzada.
Vio como sus manos recorrían sus curvas, hasta posarse en sus muslos, que acarició antes de separarlos con firmeza. Ella se aferró a las sábanas y mordió su labio inferior, anticipando lo inevitable.
Rax besó de nuevo la parte baja de su vientre, y continuó descendiendo en línea recta hasta llegar a su monte de Venus. Cristal se tensó, su respiración se aceleró, y en un arranque de nervios gritó:
— ¡Ay…! —.
No era dolor, sino el súbito contacto de su lengua acariciando su clítoris. Sus manos se aferraron con más fuerza contra las sábanas mientras reprimía un grito mayor.
No era la primera vez que él la devoraba, pero esta vez todo era más intenso. Su cuerpo estaba hipersensible, y el placer se multiplicaba hasta desbordarse. Rax, fascinado con el sabor de su luna, lamió su clítoris con determinación, observando cómo ella se retorcía.
— ¡Ou…! — gimió en voz baja.
El alfa no se detuvo; lamía cada rincón de su vulva, saboreando con avidez. Sus piernas intentaron cerrarse, pero él las sujetó con firmeza, sin permitirle escapar de aquella tortura deliciosa.
Alzando la cabeza, la observó. El rostro de su luna estaba intensamente enrojecido, sus ojos vidriosos y el labio inferior mordido con fuerza, no por vergüenza, eso ya era cosa del pasado, sino por la firme convicción de no dejarse escuchar.
Él sonrió, preguntándose:
¿Cuánto tiempo podría contenerse?
Porque no había empezado y deseaba verla al borde del colapso. Bajo la mirada temblorosa de Cristal, abrió ligeramente la boca y dejó asomar la lengua.
— Carajo… — balbuceó ella.
El vínculo le reveló lo que él estaba a punto de hacer. La punta de su lengua recorrió una línea recta, desde la entrada de su sexo hasta su clítoris, deteniéndose justo allí, sin apartar los ojos de ella. El rubor en sus mejillas aumentó junto con el calor que se adueñaba de su cuerpo.
Rax se relamió y comenzó a darle pequeñas lamidas sobre aquel botón. Las piernas de Cristal se movieron con brusquedad, su cuerpo temblaba, era una tortura exquisita. Ella sabía que lo hacía a propósito, porque le encantaba escuchar sus gemidos y oír cómo murmuraba su nombre.
Al cabo de unos minutos, no dudó en chupar con fuerza su clítoris.
— Rax… contrólate… — suplicó.
Ella sabía que sus ruegos eran inútiles, pero aún así lo intentaba. Se sobresaltó cuando una de sus manos apretó sus pezones, mientras la otra delineaba la entrada de su sexo.
Concentrado en saborearla, Rax detuvo su succión. Un gemido de alivio escapó de sus labios, pero no tuvo tiempo de recomponerse; él volvió a lamerla, dejando ligeros mordiscos en su ingle.
Cristal mordía sus labios con fuerza, desviando la mirada. Observar solo aumentaba el calor en su interior.
De pronto, sin previo aviso, el alfa introdujo un dedo en su interior.
— Espera… — alcanzó a decir, intentando detenerlo con sus manos, pero él las bloqueó con facilidad.
— Me pediste que volviera a ser el de antes. No te retractes de tus palabras — murmuró con firmeza.
Y continuó sin esperar respuesta. Cristal no podía replicar, porque era verdad: había deseado recuperarlo, pero en su petición había olvidado lo apasionado, lo insaciable que era.
El lobo comenzó con movimientos lentos, introduciendo y retirando su dedo con un ritmo constante. Mientras que los otros que torturaban su pezón abandonaron su suave piel para centrarse en su clítoris.
— Me… me vengo… — balbuceó ella, siento un calor recorrer justo por dentro de su sexo.
Ante esas palabras, el alfa reemplazó sus dedos nuevamente por su boca. El inesperado cambio la hizo perder el control.
— ¡Aahh…! — un grito desgarrador se mezcló con gemidos, componiendo una sinfonía de placer.
Su cuerpo se agitaba sin control: sus manos se aferraban al cabello de su pareja, sus caderas se movían de un lado a otro, mientras una pierna se enredaba en las sábanas y la otra descansaba sobre su espalda, aumentando la fricción.
Rax no se detenía, completamente enfocado en complacerla. En segundos, Cristal se derrumbó. Su cuerpo entero se estremeció con la fuerza del orgasmo. Apoyó las manos en la cama, arqueando la espalda mientras una explosión de sensaciones la recorría de pies a cabeza.
Su respiración quedó entrecortada, la piel erizada por el clímax. Mordió sus labios, jadeando, mientras sentía cómo él lamía cada gota en su intimidad. Por un instante creyó que todo había terminado… hasta que Rax arrastró sus piernas hacia él.
Vio cómo colocaba sus muslos sobre sus hombros. Una de sus manos se apoyó sobre su vulva y el pulgar se posó sobre su clítoris.
— Apenas estamos por comenzar… — advirtió con una sonrisa.
— ¡Despacio! — suplicó ella.
Su ruego parecía destinado a ser ignorado, pero Rax entendió la razón detrás de sus palabras y asintió levemente. Entonces, su pulgar inició una lenta y apasionada tortura, mientras su lengua se hundía con suavidad en ella.
Esta vez, Cristal gimió suavemente, había logrado que él la complaciera con un ritmo más pausado. En ese instante se entregó a la pasión, enredando sus dedos en su cabello, guiándolo hacia los lugares donde deseaba que se detuviera, donde quería sentir su lengua aún más.
Su cuerpo se movía con sensualidad sobre la cama, sus piernas por instinto o por defensa ante las intensas lamidas y succiones, querían cerrarse, pero él no lo permitía.
No pasó mucho tiempo cuando ese calor volvió, llevándola a una sensación de satisfacción absoluta, sus piernas se pusieron firmes ante su orgasmo.
— Ouh…. — gimió, agotada.
Cristal agitada, limpiando el sudor de su rostro se sentía que había corrido en un maratón, si solo había estado recostada sobre la cama.
Rax lamía lentamente cada rincón de la suave intimidad de su luna. Había olvidado lo bien que sabía ella, la calidez de su cuerpo y la manera en que sus pequeños gemidos lograban aquietar el caos dentro de él. Más que excitado, su alma se sentía en paz. El dolor seguía ahí, todavía lo desgarraba, pero Cristal, aun después de todo, le había pedido quedarse a su lado… y eso bastaba para mantenerlo respirando.
Continuó sin querer detenerse. Los jadeos y gemidos entrecortados de su luna se volvieron cada vez más constantes, mientras la tensión en su cuerpo aumentaba de forma insoportable. Su miembro endurecido palpitaba exigiendo atención. Quería hundirse en ella, quedarse atrapado dentro de su calor durante horas.
Se apartó suavemente y con mucho esfuerzo, no quería detenerse pero su miembro reclamaba atención. Llevó su mirada hacia su luna, observando jadear, con los labios húmedos y el pecho subiendo y bajando con rapidez.
Mientras ella intentaba recuperar el aliento, vio cómo él iniciaba a desprenderse de sus pantalones, liberando su erección.
Sabía lo que vendría.
Las fuertes embestidas, sus manos sujetándola con desesperación y esa necesidad obsesiva que siempre terminaba consumiéndolos.
Sin embargo, en medio de todo aquella excitación, Cristal aun recobrando el aliento deseó llevarlo al borde del colapso.
Mientras Rax terminaba de desprenderse de sus ropas, Cristal apoyó las manos en la cama levantándose y sin darle a su pareja la oportunidad, lo empujó bruscamente sobre la cama.
El alfa quedó recostado contra la cama, sorprendido al encontrarse con la mirada decidida de su luna.
En sus ojos había una intensidad distinta. Había lujuria en ellos, pero también seguridad… una mucho mayor que la de aquella noche en que él terminó huyendo de ella.
Él permaneció quieto, deseaba verla sobre él, sentir el roce de su cuerpo desnudo y observar cómo la tenue luz plateada delineaba cada una de sus curvas suaves y provocativas.
Ella se acomodó lentamente sobre su abdomen.
Rax resopló al sentir el tibio calor de su intimidad rozarlo apenas. Sus manos subieron de inmediato hacia la cintura de su luna, queriendo atraerla más contra él, pero Cristal sujetó ambas muñecas, obligándolo a permanecer inmóvil.
El alfa parpadeó ante su actuar y al escuchar una suave risa de su pareja.
Y entonces entendió que ella tenía otros planes.
Intentó entrar en sus pensamientos, descubrir qué estaba tramando, pero no logró atravesar las barreras de su luna.
¿Pero qué era?
Cristal arqueó ligeramente el cuerpo sobre él y acercó lentamente su rostro al suyo. Sus labios apenas rozaron los de Rax, provocándolo con una lentitud casi cruel.
Ella sabía perfectamente cuánto la deseaba y también sabía cuánto le costaba resistirse.
Él intentó besarla, pero su luna se apartó apenas lo suficiente para negárselo.
— Por la Diosa Luna… Cris… si sigues provocándome así, no voy a poder controlarme… —.
— Hoy no… — susurró suavemente en su oído.
Sus labios apenas tocaron la piel que se le erizo de inmediato ante el tono seductor.
— Es mi turno… y debes quedarte quieto… muy quieto… —.
Los ojos del alfa se abrieron con sorpresa.
Fue entonces cuando Cristal comenzó a jugar con él del mismo modo en que él lo hacía con ella.
Deslizó lentamente la lengua por su mejilla hasta bajar hacia su cuello, donde dejó una suave mordida sobre la clavícula.
Rax soltó un ronco resoplido. No por dolor… sino por el estremecimiento que aquello provocó en todo su cuerpo.
— Eres demasiado provocadora… — balbuceo en un resoplido ronco.
Volvió a intentar infiltrarse en la mente de su luna, queriendo descubrir sus intenciones, pero seguía sin conseguirlo.
Cristal sonrió, sintiendo como intentaba entrar en sus pensamientos.
Ante la mirada expectante del alfa, continuó descendiendo lentamente por su cuerpo. En lugar de besarlo, dejaba suaves caricias húmedas con la lengua sobre su pecho y abdomen, mientras las yemas de sus dedos delineaban cada músculo con delicadeza.
— ¿Qué me estás haciendo…? — balbuceo entre jadeos.
Sus uñas rozaban apenas su piel, provocando pequeños escalofríos que volvieron a tensar su cuerpo.
— Por la Diosa Luna… — susurró con la respiración agitada.
El lobo intentaba mantenerse presente, ante las provocaciones y al mismo tiempo luchaba contra Kogan, que desde lo más profundo de su mente, se abría paso. Su luna los estaba llevando a un límite peligroso, obligándolos a contener impulsos cada vez más salvajes.
Cuando Cristal descendió lentamente hasta debajo de su ombligo y dejó un suave beso sobre su piel, y una de sus manos dejó de acariciar su músculos, descendió hasta sujetarlo. En ese momento tanto Rax como Kogan comprendieron sus intenciones demasiado tarde.
— Voy… a perder… el control… — dijo para sí mismo.
Los suaves masajes que ella inició a dar en su miembro, lo hicieron cerrar sus ojos. De solo imaginar lo que su luna estaba por hacerlo ya lo tenía al borde del colapso. Pero al mismo tiempo un terrible pensamiento cruzó por su mente, haciéndolo gruñir.
Ese maldito humano…
La sola idea de imaginarlo ocupando antes ese lugar hizo que una oleada de furia le atravesara el pecho. Pensar en él observándola de esa manera, sintiendo su cercanía y disfrutando de algo tan íntimo, despertó un instinto feroz y posesivo dentro de él.
El gruñido continuo en su garganta. A ellos no les importaba el pasado de su luna. Aunque muchos creían que el gran alfa Kogan había compartido incontables noches con otras lobas, la realidad era muy distinta. La gran mayoría él las había obligado a difundir rumores por petición suya, alimentando una reputación que nunca le interesó desmentir.
Sí, hubo algunas, pero jamás encontró satisfacción real y al cabo de unos minutos la echaba como basura.
Porque ninguna despertó en él lo que su luna Cristal lograba con una sola mirada y con un solo toque.
Cristal manteniendo esa seducción y muy fuerte pasión en su comportamiento, apoyó ambas rodillas entre sus piernas, volvió a adoptar una pose seductora, inclinándose hacia delante mientras sujetaba su miembro muy cerca de su rostro. Elevó la mirada y vio esos ojos reflejando una mezcla de miedo y asombro.
Y Rax dejó de respirar.
Sus ojos recorrieron cada centímetro de su cuerpo desnudo, la devoraba con la mirada, observándola con absoluta fascinación. La suavidad de su piel contrastaba con la forma provocativa en que permanecía inclinada sobre la cama. Sus caderas elevadas marcaban las delicadas líneas de sus glúteos redondos y firmes, mientras la carne de sus muslos se comprimía ligeramente por la manera en que mantenía dobladas las rodillas.
Su luna no poseía el físico esbelto y endurecido de las licantropas guerreras. Ella era pequeña, de curvas abundantes, pechos llenos y una suavidad que volvía completamente irracionales tanto a Rax como a Kogan.
Y todo en ella despertaba una necesidad enfermiza de tocarla, aferrarse a su cuerpo y perderse entre aquellas curvas que parecían hechas únicamente para destruir cualquier rastro de cordura dentro de ellos.
Cada pequeño movimiento de su mano hacía tensar los músculos del alfa. Kogan rugía desde el interior, fascinado por la sensualidad natural con la que su luna lo provocaba incluso antes de comenzar realmente.
— Nos estás destrozando… — dijeron entre jadeos.
Cristal elevó entonces la mirada y se sorprendió al notar que, por más que Rax intentaba contenerlo, ambos estaban presentes.
Lo sabía por el vínculo y lo confirma al observar sus ojos.
Un iris dorado rodeado de sombras… y el otro, oscuro, rodeado de aquella luz intensa que siempre pertenecía a Kogan.
La luna sostuvo su mirada expectante y, con la misma suavidad provocadora con la que él la había recorrido antes, entreabrió los labios. La punta de su lengua rozó lentamente la sensibilidad de su miembro, apenas una caricia húmeda y deliberada que bastó para tensarlo por completo.
— M@ld¡t@... sea… —.
Cristal lo escuchó, sintiendo la reacción que provocaba en él. De reojo vio los dedos de Rax crispar con fuerza entre las sábanas, mientras aquellos ojos cargados de deseo permanecían fijos sobre ella, incapaces de apartarse.
El alfa mordió apenas su labio inferior. Cada roce de su lengua, cada movimiento lento y húmedo, enviaba descargas abrasadoras por todo su cuerpo. Era una sensación distinta a cualquier otra que hubiera experimentado; peligrosa, adictiva… y completamente irresistible.
Pero lo que más le encantaba era que su luna era la primera y la única que lo estaba llevando al colapso y a su perdición.
— Cris… tal… — dijeron entre jadeos.
Al notar cuánto le gustaba, ella continuó con más seguridad. Sus dedos masajearon con firmeza y lentitud su pene, marcando un ritmo provocador mientras volvía a inclinarse sobre él. La combinación de sus caricias suaves y la calidez de su lengua deslizándose en su glande.
Ambos apoyaron ambas manos sobre la cama, inclinándose hacia adelante por puro instinto. Querían sujetarla, guiarla a su ritmo… pero se obligaron a permanecer quietos. Esta nueva sensación hacía que el calor dentro de ellos aumentará peligrosamente destruyendo poco a poco su control.
¿Cómo podía algo tan suave volverlos completamente vulnerables?
Volvieron a contener la respiración, al ver como sus suaves labios apresaban envolvieron todo su glande y sintieron una suave succión. Fue una sensación totalmente nueva, sentía todo esa calidez y las caricias de sus manos combinadas a la de su lengua, era un compás único inimaginable y exquisito.
Pero sin duda esperaría volver a sentirlo en el futuro.
Cristal sonrió internamente, no era la reacción que esperaba, pero claramente le gusta y lo estaba disfrutando y eso que todavía no hacía inicio, solo le estaba sirviendo una pequeña entrada del plato principal. Entonces llevando esa mirada juguetona y seductora, deslizó su lengua por debajo del cuerpo de su pene.
Lo vio volver a aferrarse contra las sábanas, su ceño se frunció de una manera extraña, era obvio que no podía controlarse y entonces hizo otra ligera succión.
— Vas a acabar con nosotros… —.
La luna se detuvo por un instante, jamás pensó escucharlo o verlo en ese estado su rostro estaba enrojecido, sus labios temblaban, su respiración y mantenía sus manos apoyadas en la cama manteniendo inclinación para poder observarla. Cristal intuyó, él quería verla y guardar ese momento en su memoría.
Sin retrasar lo inevitable comenzó a succionar con más fuerza, sintió como su cuerpo se endurecía, mientras sus succiones introducían más y más su pene en su boca.
Las facciones del alfa se fruncieron, mordió sus labios inferiores, sintiendo como lentamente su miembro se perdía en sus labios. No sabía cómo describir aquella sensación, pero sentía como ella quisiera absorberle la vida.
La intensidad fue aumentando, entre las succiones, las carias de su lengua por debajo del cuerpo de su pena y el mensaje con sus manos, le hacía imposible controlarse.
La luna escuchó gemidos, jadeos y maldiciones en tono ronco cargado de satisfacción. Sin poder evitarlo, sujetó la cabeza de su luna y comenzó a guiar lentamente sus movimientos.
— Así… justo así… — gruñó con la voz áspera.
Cristal se dejó guiar. Él la condujo con firmeza mientras cerraba los ojos por un instante, intentando concentrarse en las sensaciones que lo estaban arrastrando al límite.
Por varios minutos su luna continuó lamiendo, succionando y masajeando su pene con una seguridad que solo conseguía volverlos más salvajes. Los movimientos involuntarios del cuerpo del alfa y la manera en que sus músculos se tensaban dejaban claro cuánto lo estaba disfrutando, y aquello la satisfacía profundamente.
Y la satisfacción continuó por varios minutos más.
Tanto Kogan como Rax respiraban con dificultad. El agotamiento comenzaba a invadirlos de una forma extraña, casi como si su luna estuviera drenando cada gota de energía de su cuerpo.
Aun así, sintiendo como esa debilidad ninguno quería detenerla, no le molestaba sentirse débil y vulnerable con ella.
Continuaron guiándola, perdidos en la imagen de Cristal inclinada sobre ellos. Aunque habían recuperado un poco la cordura. Ambos sabían que aquello no duraría demasiado.
Aquella visión los excitó aún más.
Grababa en su memoria a su luna, con sus ojos cerrados, ver parte de su pene perderse constantemente en su labios, viendo como cada golpe a sus glúteos la sacudió haciendo perder el ritmo constantemente, ver el balanceo de sus pechos y tensar sus piernas, pero al alfa no le importó.
Al contrario.
Quería verla perderse de esa manera.
Continuaron observándola, grabando cada movimiento hasta que aquella presión abrasadora se acumulo dentro de él queriendo salir.
Cristal percibió el cambio brusco en su respiración. El alfa sujetó sus mejillas, obligándola a mantener el ritmo mientras aumentaba lentamente sus movimientos.
Varias arcadas escaparon de los labios de su luna.
Aun así, Cristal intentó soportarlo. Aunque habían pasado años desde la última vez que hizo algo así, sabía que el tamaño del miembro de su pareja era demasiado grande y trataba de acompasarse sin romper el ritmo.
Pero las arcadas terminaron siendo inevitables.
Intentó apartarse apenas para tomar aire, jadeando alrededor de él, pero el alfa se lo impidió, entrando más profundo.
Rax abrió los ojos de golpe.
Su respiración se volvió pesada y el ceño se le frunció con violencia, no por molestia, sino por el brutal esfuerzo que hacía para no perder completamente el control.
Cristal sin poder soportarlo más, logró zafarse con brusquedad, jadeando una bocanada de aire.
El alfa no quería que ese fuego se extinguiera, pero comprendía la reacción de su luna, que, al instante la sujetó con brusquedad y la hizo caer sobre la cama, atrapándola debajo de él apenas un segundo después.
— ¡¡¡AAAAHHHH…!!! — un jadeo fuerte escapó de Cristal con se unió a ella con una fuerte embestida, dura y salvaje.
Cualquier protesta murió bajo el beso feroz que su pareja le robó. No había suavidad en sus movimientos, solo hambre, necesidad y el descontrol provocado por todo lo que ella les había hecho sentir.
Kogan y Rax no podían aparato de su mente la imagen de su luna inclinada sobre ellos con sus labios deborandolos. Aquella visión seguía alimentando su instinto, haciendo que sus embestía fueran aumentando a un ritmo salvaje.
Cristal sin darse cuenta su cuerpo había liberado su orgasmo, logrando que los fuertes choques de su pareja, crearán un sinfonía promiscua.
El cuerpo del alfa, no pudo más y comenzó a temblar sobre su luna, liberando aquella presión que explotó dentro de ella con fuerza. Los gruñidos de él ante su plenitud. Aun sintiendo ratos de esa satisfacción, sacudía su cintura con fuertes golpes y punzando profundo sujetándola por su cintura.
Cristal jadeó con fuerza, atrapada bajo el peso de su pareja y completamente incapaz de recuperar el aire correctamente.
— No sabía… — murmuraron con voz ronca y agitada. — Lo peligrosa… que puedes llegar a ser… —.
Tanto Kogan como Rax se desplomaron sobre ella, mientras sus embestidas fueron perdiendo la fuerza sintiendo la gran humedad en sus cuerpos unidos.
Cristal soltó una pequeña queja, todavía afectada por la intensidad de él.
— ¡Los peligrosos aquí son ustedes…! — protestó adolorida y con el poco aire que le quedaba.
El alfa apoya ambas manos sobre la cama para retirar su peso sobre ella. Estaban exhaustos… y eso que apenas habían empezado.
El alfa y su luna sostuvieron sus miradas. Él incapaz de eliminar de su memoria la imagen de su luna deborandolo, observó sus labios humedecidos y deslizó su pulgar sobre ellos.
Cristal sintió su toque y continuando con su provocación lamió sin dudar su dedo, un nuevo gruñido vibró en el pecho de los alfas.
— Mala luna… — murmurón con una sonrisa peligrosa.
Entonces, él volvió a embestir sacándole un hermoso gemido inesperado a su luna.
Aquella noche estaba lejos de terminar.







