El día sin sombras
La brisa marina acariciaba la costa de Donegal, Irlanda, arrastrando consigo el olor salado del Atlántico y el canto lejano de gaviotas que se perdían en el cielo despejado. Una casa de piedra, antigua pero restaurada con esmero, se alzaba sobre los acantilados como un refugio fuera del tiempo. Allí, en un jardín bañado por el sol de la tarde, se celebraba una escena de quieta alegría.
Los rayos dorados del sol acariciaban las flores blancas que colgaban de un arco decorado