En el hospital de Potsdam, la tenue luz del amanecer se filtraba a través de las persianas, tiñendo las paredes con un resplandor pálido. Logan, envuelto en sudor frío y conectado a un enjambre de monitores, despertó con un grito ahogado, incorporándose con dificultad en la cama. Su pecho subía y bajaba con violencia, los latidos desbocados. Pero algo era distinto: el silencio en su mente.
Las voces. Los comandos. El zumbido constante de los Códigos del olvido. Todo… había desaparecido.
Parpade