Tras seguir charlando acerca de la vida de Lady Wrightwood, su esposo, su próximo casi posible divorcio y su futura caída en la alta sociedad, dieron el almuerzo de Amelia por terminado y salieron juntas de comedor en dirección al corredor que daba al vestíbulo.
‒ Muchas gracias, Eva, por siempre estar aquí para mí ‒ la tomó de ambas manos, la joven tenía las suyas enguantadas y ella añoró sus propios guantes, no tenía un segundo par y no quería pedirle a su tía que le comprara alguno, así que