Una semana más. Siete días que se sintieron como una eternidad suspendida en el tiempo, pero que fueron necesarios para que el cuerpo de mi morena terminara de soldar sus heridas. Pasar las horas en aquel hospital se convirtió en mi nueva rutina; conocía cada grieta del techo y el horario exacto en que el carrito del café pasaba por el pasillo. Pero allí estuve, firme al pie de su cama, viendo cómo recuperaba el color en las mejillas. Recibimos visitas de todo tipo: la energía arrolladora de Si