El silencio en la sala era tan denso que podía oírse el crujido de la madera bajo los pies de Luciana. Ella seguía meciéndose, con los ojos fijos en un punto inexistente del techo, arrullando esa manta vacía con una devoción que me revolvía el estómago. Idara e Isabel retrocedían centímetro a centímetro hacia la cocina, mientras yo permanecía estático, con el corazón martilleando contra mis costillas, intentando procesar que el monstruo de mis pesadillas estaba finalmente en mi salón.
—Luciana.