Parpadeé un par de veces, sintiendo que los párpados pesaban como si estuvieran hechos de plomo. El dolor de cabeza era una pulsación rítmica y punzante que marcaba el compás de mi respiración. A mi alrededor, las paredes blancas relucían bajo una luz fluorescente tan intensa que me obligaba a entrecerrar los ojos, provocándome una náusea repentina. Traté de moverme, de incorporarme un poco para aliviar la presión, pero mi espalda era un despojo; cada vértebra parecía haber sido golpeada por un