El tío Arminio había decidido quedarse un par de semanas más en la parroquia para supervisar la transición, lo que irónicamente me otorgó el respiro más necesario de mi vida. Tras la tormenta de la noche anterior y la confesión de Idara que nos dejó a todos con el alma en carne viva, me reuní con mis hermanos en el despacho de la casona. El sol de la mañana entraba por los ventanales, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire, ajenas a las tragedias humanas.
—Necesito sacarla de aqu