El trayecto de regreso a la casona de los Santos fue un desfile de sombras. El silencio en los coches no era de paz, sino de esa calma espesa que precede al derrumbamiento de un dique. Al llegar, nos reunimos en la estancia principal, bajo la luz mortecina de las lámparas de aceite. Samuel se desplomó en un sillón de cuero, con la mirada clavada en las brasas agonizantes de la chimenea.
—Esa familia de los De La Rosa es un nido de serpientes —sentenció Simona, quitándose los tacones con un gest