Tres meses habían pasado. Tres meses en los que he aprendido a contar el tiempo no por días, sino por semanas de condena restante. Era lunes y el sol se filtraba con una pereza insultante por las rendijas de las persianas. Me removí en la cama, atrapado en esa duermevela donde la realidad y el deseo se confunden.
En Butimerin, los lunes son días muertos. El pueblo parece contener la respiración; los negocios cierran sus pesadas persianas metálicas, las tiendas de la plaza permanecen a oscuras y