El domingo había amanecido con el peso habitual de la piedra y el incienso, pero el destino tenía preparada una emboscada que ni todas mis oraciones fingidas habrían podido evitar. Estaba en la sacristía, ajustando los candelabros para la misa matutina con movimientos mecánicos, cuando el eco seco y rítmico de un bastón contra el suelo de mármol me heló la sangre.
Me giré lentamente. Un escalofrío me recorrió la nuca.
—Tío Arminio —pronuncié, forzando una sonrisa que se sintió como una máscara