—Debo seguir con mi cargo —confesé, rompiendo el silencio denso que nos envolvía después de que las respiraciones finalmente se calmaron—. Debo seguir fingiendo lo que no soy, Idara. Es algo que no podré soportar mucho más.
Me restregué el rostro con las manos, sintiendo el peso de la piel contra mis huesos. El placer de hace unos minutos se sentía como un sueño lejano, ahora reemplazado por la realidad fría de los cinco meses adicionales que Tío Arminio me había impuesto.
Idara se quedó sobre