El domingo amaneció con un sol plomizo, de esos que parecen pesar sobre los hombros. Terminé la misa dominical con una eficiencia gélida, repartiendo bendiciones mecánicas mientras mi mente ya estaba kilómetros allá, en las tierras que alguna vez recorrimos descalzos.
Me retiré a la sacristía y, con un suspiro que fue más una resignación que una oración, tomé mi estola morada. La acomodé sobre la sotana negra y ajusté el crucifijo de plata sobre mi pecho. El metal estaba frío, un recordatorio