Capítulo treinta y dos. Entre la espada y la pared.
Gael dejó escapar un suspiro.
— No me sorprende. He visto una fotografía suya y ningún hombre con esos dientes puede ser una buena persona.
— Parece que el señor O' Doughlin era un timador de poca monta que usaba su encanto para aprovecharse de las mujeres. Hay un par de departamentos de policía en Europa a los que les encantaría echarle el lazo.
—Pues no va a ser fácil porque está muerto.
—Sí, lo sé.
Pensar en Olivia llorando