Capítulo catorce. Confesiones bajo la tormenta.
El sonido de las sirenas todavía resonaba en el aire cuando Ariadna y Andreas subieron a la limusina que los alejaba de la escena. Afuera, la noche de Miconos parecía teñida de rojo por las luces intermitentes de los coches de policía.
Dentro del vehículo, en cambio, reinaba un silencio denso, pesado, como si cada palabra que no decían se apilara entre ellos.
Ariadna lo observaba en penumbra. Andreas tenía la ceja abierta y la camisa rasgada, pero