Al pasar por la recepción, Maya miró el reloj de la pared: ya eran las 10 a.m.
Alexander se subió al automóvil. Maya se quedó parada junto a la puerta, preguntándose si podría buscar otro vehículo para volver a la casa de su abuela. Esperaba verlo irse y luego dar media vuelta… pero parecía imposible.
El guardaespaldas sostenía la puerta abierta, esperando.
No iba a cerrarla hasta que ella entrara.
No tenía elección.
Maya apretó los labios y subió al coche.
Alexander y su séquito abandonaron el