—Ya estás bien —murmuró con voz baja y áspera.
La levantó en brazos, descendió del techo destrozado del automóvil y se dirigió al Rolls-Royce estacionado cerca.
La policía, que llegó poco después, no intervino. Simplemente permitió que Alexander se llevara a Maya.
El Rolls-Royce partió a toda velocidad hacia el hospital.
Maya permanecía apoyada contra el pecho de Alexander. Su respiración era más estable, pero su mente aún giraba.
Su mirada descendió hasta el lado izquierdo del pecho de él, don