Maya miró la taza en su mano, luego el balde, y finalmente se dejó caer sobre la cama, derrotada.
—Dios mío… ¡me acabo de beber el agua para remojar los pies!
Los niños la miraron con los ojos muy abiertos y las bocas entreabiertas.
Por suerte, solo eran sales, sin consecuencias graves.
Nanny los sacó de la habitación con suavidad.
—Vamos, déjenla descansar. —Luego se volvió hacia Maya—. Remoja los pies y relájate. En un rato te traeré el té, que si debes tomar.
Maya asintió mientras decía: —Yo