Ella sentía que su familia ya era lo suficientemente perfecta. No necesitaba a nadie más.
—Oh, cierto, Sra. Fine, ya es hora de pagarle. Déjeme transferirle el dinero —recordó Maya mientras tomaba su teléfono.
La Sra. Fine levantó la mano para detenerla.
—No me transfiera nada todavía.
—¿Por qué no? —preguntó Maya, confundida.
—No es fácil cuidar de tres niños, y yo no necesito más dinero. Con los gastos de manutención que me diste es suficiente.
—No se preocupe. Tengo dinero de sobra.
—¿De dón