Alexander estaba sentado en su silla negra, imponente, distante, con un tono neutral que no mostraba ni ira ni compasión.
—Qué visitante tan raro —comentó con fría indiferencia.
—Por fin terminaste tu trabajo. Te he estado esperando todo este tiempo —respondió William, intentando sonar calmado.
—Dado tu estatus, ya fui bastante generoso al permitirte esperar —replicó Alexander sin un atisbo de suavidad. Para él, su propio padre no era diferente de cualquier empresario que buscara su favor.
El r