Maya se dio vuelta para correr.
—¡Ah!—
No logró dar ni dos pasos. Alexander la tomó por la muñeca y la atrajo hacia él con fuerza.
Chocó directo contra sus duros músculos, quedando atrapada entre su pecho y el vacío.
El cuerpo de Maya se tensó al instante; su rostro quedó a la altura del cuello de Alexander. Su prominente y sexy nuez de Adán la sofocaba aún más.
—¿Tienes un deseo de morir? —preguntó él con furia contenida.
—¿Me creerías si te dijera que estaba de paso? —Maya lamentó profundamen