La sala de la jueza Montero tenía el mismo olor que siempre.
Papel viejo. Café de máquina. La quietud específica de los espacios donde las palabras tienen consecuencias legales y por eso pesan diferente.
La jueza entró. Se sentó. Abrió el expediente.
No miró a nadie en particular durante los primeros treinta segundos. Era su manera. Leer el último párrafo antes de hablar para asegurarse de que las palabras salían en el orden correcto.
Laura estaba sentada en la primera fila junto a Bruno. Valen