Álvaro Jones llegó a la firma el miércoles con tres días de insomnio en la cara.
No era la versión devastada de Álvaro que aparecía después de una mala noticia o de una pelea. Era una devastación diferente, más quieta y más honda. La de alguien que lleva setenta y dos horas mirando hacia adentro y no le gusta lo que ve.
Llegó tarde. Sin avisar. Sin la corbata bien anudada de siempre. Se quedó parado en la puerta del despacho de Pati durante diez segundos antes de seguir hacia el suyo, como si h