Los contratos llegaron esa mañana en una carpeta azul con el membrete de Echeverría & Jones.
Cuatro proyectos de expansión internacional. Berlín, Varsovia, Ámsterdam y uno en Lisboa que llevaba meses paralizado por falta de inversión externa.
Me instalé en la oficina que Santi Echeverría me había asignado en la tercera planta. Ventanas que daban a la calle Serrano. Mesa de madera maciza. La sensación permanente de que cada hora que trabajaba aquí era una hora que la firma no podía ignorarme.
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