La mañana siguiente, Álvaro me esperaba en la recepción de la firma.
No en su despacho. En la recepción. De pie. Con el abrigo puesto todavía, como si hubiera llegado hace treinta segundos o como si llevara una hora y no hubiera podido decidir entre subir o quedarse.
Me vio cruzar la puerta giratoria.
—Necesito hablar contigo.
—Buenos días a ti también.
—Laura. —Un paso hacia mí—. Rodrigo Mena no es un colega. Es un depredador con traje caro que se ha acostado con cada socia nueva que ha encont