Don Raúl llegó a los ochenta y cinco con la espalda derecha.
No era la espalda de quien ha hecho ejercicio durante décadas, porque esa rectitud tiene otro lenguaje: más visible, más consciente, casi orgullosa del esfuerzo que la sostiene. La de Don Raúl era distinta. Era la espalda de quien había cargado lo que la vida le puso encima sin doblarse demasiado, no porque no le doliera, sino porque doblarse nunca fue una opción que su cuerpo hubiera aprendido.
Caminaba más despacio, sí. Tardaba unos