Chamberí, un martes cualquiera convertido en el peor de todos.
La cocina del ático olía a sopa de pollo y a desinfectante, una mezcla doméstica y hospitalaria que a Laura le revolvía el estómago.
Álvaro estaba sentado en la cabecera, con la pierna estirada sobre una silla, pálido bajo la luz halógena que él insistía en mantener encendida porque decía que la penumbra le traía malos recuerdos.
Pati estaba a su lado, removiendo la sopa sin probarla, con los pedazos de la carta de renuncia todavía