El sonido de la notificación fue seco, metálico, como una piedra pequeña cayendo sobre una lámina de cristal.
Laura no levantó la vista de los planos desplegados sobre su mesa de trabajo. El cursor parpadeaba sobre una línea de carga estructural que no terminaba de cerrar, un error de cálculo en la vigueta maestra que llevaba media hora intentando resolver.
Pero el teléfono vibró de nuevo contra la madera de roble, insistente, con esa cadencia nerviosa de las malas noticias que no pueden espera