Álvaro visitaba a Carmen los jueves.
Sin falta. Desde que ella salió de la cárcel con la pulsera electrónica y después desde que la pulsera desapareció y Carmen se quedó en el piso pequeño de Malasaña con la planta que Álvaro había llevado el primer día y que contra todo pronóstico seguía viva.
Los jueves.
A las cinco.
Una hora.
La enfermera se marchaba cuando llegaba Álvaro y volvía a las seis.
Era el acuerdo.
La enfermedad avanzaba lento.
Eso decía el médico: lento pero sin detenerse. Como un