La sinfonía de inmoralidad alcanzó un clímax febril, una orquesta salvaje y desatada de carne y sumisión. La declaración de Henry quedó suspendida en el aire, no como un suspiro nostálgico, sino como una orden que redefinía por completo la dinámica del juego. El “evento principal” no era un único acto; era un estado permanente. Y ahora había llegado el momento de intercambiar los juguetes.
Los dedos de Henry, húmedos por haber estado entre las piernas de Nora, se retiraron. Le dio una palmada s