Federico se quedó quieto, con los brazos caídos a los costados del cuerpo. No sabía lo que era llorar por angustia… hasta ese momento.
La mujer a la que más amaba en el mundo iba a darle un hijo. ¡Un hijo! Algo que, aunque nunca lo había confesado, deseaba profundamente.
Y ahora, por su arrogancia y sus celos desmedidos, lo había perdido todo.
Buscó su celular con manos temblorosas y comenzó a llamar a Elizabeth una y otra vez. Por supuesto, ella no respondió.
Comenzó a caminar en círculos, l