La muchacha llegó un rato más tarde de lo acordado. Adrián, algo inquieto, se preguntaba si ella habría cambiado de opinión, pero no quiso llamarla. Había comenzado a llover nuevamente, y pensó que tal vez eso la había demorado.
Cuando la vio, sonrió. Estaba empapada, con la ropa mojada y el cabello chorreando agua. La recepcionista, conmovida, le alcanzó una toalla.
Elizabeth se acercó a Adrián con dos zancadas, se quitó el impermeable y lo colgó sobre la silla.
— Lizzy, ¿sabés que existen los