Federico empezó a respirar rápido, su pecho subía y bajaba, haciendo parecer que su espalda era más grande de lo que era. Sus ojos se oscurecieron, y ese azul calmo se transformó en una tormenta a punto de desatarse.
"Es por él, estoy seguro", pensó furioso. Soportaría cualquier cosa de ella, menos que pensara en otro hombre. Y menos, Pablo Mendoza.
—¿Qué te sucede? ¿Qué es todo esto, Elizabeth? —preguntó con la voz alterada.
Ella seguía hecha un ovillo contra la pared, sin poder responder. Se