Elizabeth abrió los ojos perezosamente y sonrió al ver a Federico a su lado.
“Dios, es hermoso este hombre”, pensó divertida, dejando que su mirada se posara en él con detenimiento. No se dio cuenta de cuánto tiempo llevaba observándolo con fascinación hasta que lo oyó hablar.
—¿Vas a seguir mirándome o vas a abrazarme? —dijo él con una sonrisa, sin abrir los ojos.
—¿Cómo sabías? —le respondió ella, dándole una suave palmada en el pecho.
Él soltó una carcajada.
—¡Ven aquí! —le dio un tirón y la