Lucía salió airosa de la oficina de Federico, saludando amablemente a Víctor y a la recepcionista, sin notar que unos ojos negros la seguían mientras fingían ojear una revista. Cuando la joven desapareció en el ascensor, el hombre dejó la revista sobre la mesa y se puso de pie.
—Señor Miralles, puede pasar.
Santiago Miralles entró sin siquiera tocar la puerta. Alto, atlético, de cabello oscuro y ojos negros como la noche misma, su piel bronceada resaltaba aún más sus rasgos marcados. Su expresió