Elizabeth estaba frente al detective encargado de su caso, pero tenía poco —o nada— para aportar. Con lagunas mentales considerables, solo pudo contar lo que recordaba al despertar. Su cuerpo magullado mostraba con claridad las secuelas de los golpes recibidos.
—Bien, señora Alvear… —dijo el inspector, sin darse cuenta del error— deberá ir al hospital para asegurarse de que sus heridas no sean de cuidado.
Elizabeth se quedó inmóvil. Ese apellido le resultaba familiar…
—¿Señora Alvear? Detective…