Lisa
—¿Por qué hiciste eso? —pregunto, incapaz de ocultar la sorpresa al escucharlo despedir a su empleada.
—Porque te hizo llorar, y mientras yo esté en este mundo, nadie más lo hará.
—Ella solo cumplía con su trabajo —digo, aún incrédula—. La culpa es del señor Beaumont, que me despidió sin dejarme explicar por qué llegué tarde.
Siento cómo se tensa debajo de mí. Lo miro, y él baja la vista, incómodo.
—¿Qué pasa? —insisto.
Él duda, como si buscara la manera menos dolorosa de decir algo.
—Lisa