33. Humillaciones mortales
La señora Kate estaba más atrás, avergonzada, en cierto modo, yo también. Mi papá estaba a punto de echar humo por las orejas cual toro embravecido.
–¡¿Qué m****a haces?!
Entro en la habitación, empotrándome contra el primer mueble que nos topamos. El golpe en mi espalda fue tan fuerte que me dejo sin aire.
–Papá.
Gimotee cuando su mano envolvió mi cuello, apretando con fuerza. Me dio una cachetada y alzo la mano para darme otra, pero me lo quitaron de encima de un manotazo.
Nicolás lo arri