Axel se aproximó a la casa de Keila a paso rápido. Los temas más importantes ya habían sido tratados; ahora solo quedaba acompañar a su compañera. Alzó la vista y la vio en la puerta. Keila estaba pálida y con los brazos cruzados, apretando su propio cuerpo como si intentara contener una explosión inminente. Su mirada se clavó en él, llena de una angustia que lo alertó al instante.
—¡Axel! Gracias a los cielos... No sabía si debía mandarte a buscar o... —su voz era un susurro tembloroso y urgen