La noche había caído sobre la villa como un manto espeso. Las cigarras cantaban en la distancia, el viento agitaba las copas de los cipreses, y yo dormía entrelazada en el pecho de Alessandro. Parecía un momento perfecto, uno de esos que podían durar para siempre. Pero en la penumbra, su cuerpo comenzó a tensarse.
—No… —susurró, agitándose.
Me desperté al sentirlo estremecerse. Su respiración era entrecortada, sus manos se cerraban en puños.
—Alessandro —susurré, sacudiéndolo suavemente—. Despi