Roma nos había envuelto como un hechizo, pero los días de ensueño no podían prolongarse para siempre. Lo entendí la mañana en que Alessandro recibió aquella llamada. Estábamos aún en la suite, el sol filtrándose por las cortinas de lino, cuando el teléfono vibró sobre la mesita de noche. Su gesto cambió de inmediato: de la ternura somnolienta pasó a la dureza de un hombre que debía cargar con un peso invisible.
—Scusami, amore —susurró, acariciándome la mejilla—. Tengo que atender esto.
Lo obse