El sol de la mañana entraba por los ventanales de AGI Arquitectura, dibujando franjas de luz sobre los planos que Rose tenía extendidos sobre su escritorio. Ese primer proyecto ambicioso que le habían confiado la mantenía concentrada desde hacía días: un complejo cultural en el centro de Roma, un desafío arquitectónico que requería tanto precisión técnica como creatividad audaz. Cada línea que dibujaba, cada decisión sobre proporciones o iluminación, la acercaba a la arquitecta que quería ser.