CAPÍTULO 5

Capítulo 5

Tras la partida de Fernando, el eco del motor de su vehículo todavía vibraba en las paredes. Su esposo se había marchado a los brazos de otra mujer sin el menor rastro de culpa.

Sofía se levantó de la cama con un movimiento brusco. Caminó hacia el vestidor y, por primera vez en tres años, ignoró los trajes de tonos neutros. Tomó un vestido de seda color vinotinto, de tirantes finos y una caída que se ajustaba a sus curvas con una elegancia peligrosa.

Se soltó el moño, permitiendo que su cabello oscuro cayera en ondas sobre su espalda, y se pintó los labios de carmesí.

—Hoy no seré tu sombra, Fernando Valeriano —susurró para sí misma, frente al espejo.

Una hora después, el claxon del vehículo de Anna resonó frente a la reja principal.

Al verla subir al coche, Anna soltó un grito de emoción.

—Esa es la Sofía que extrañaba —alardeó su amiga, encendiendo el vehículo—. Olvida a ese idiota y vamos a "El Refugio". ¡Necesitas recordar que estás viva!

Al llegar al bar, la atmósfera oscura y seductora la envolvió de inmediato. El lugar era un laberinto de terciopelo azul, madera oscura y una iluminación tenue.

Pidieron cócteles y se acomodaron en una mesa alta cerca de la barra. Pero Sofía no podía relajarse, su mente seguía en la batalla entre el gigoló tierno y el tiburón financiero.

De pronto, un hombre alto, sin camisa, con un pantalón negro y una máscara veneciana que le cubría la mitad del rostro, bajó de la tarima y se acercó a su mesa.

Era uno de los acompañantes del local, un hombre de cuerpo esculpido y espíritu alegre, cuyo oficio era vender compañía a mujeres que buscaban algún tipo de respiro del abandono.

—Parece que la noche nos trajo a una mujer con demasiado fuego en la mirada como para estar tan sola... ¿Deseas un poco de compañía?—susurró el hombre de la máscara, inclinándose hacia ella.

Por un segundo, Sofía sintió una punzada de curiosidad. Tal vez lo que necesitaba era eso: otro error que le permitiera olvidar al gigoló de la noche anterior. Pero al observar los ojos de ese hombre, no encontró la profundidad eléctrica de Miguel, ni esa mezcla de ferocidad y devoción que la había hecho vibrar.

Este hombre era solo uno más del montón.

—No busco ese tipo de compañía —respondió Sofía con una frialdad que sorprendió al hombre—. Puedes retirarte.

El hombre hizo sonrió brevemente y se alejó hacia la mesa contigua.

Sofía se giró para pedir otro cóctel, pero sus ojos, casi por instinto, buscaron más allá de la barra y entonces, su mundo se detuvo... a lo lejos, en un reservado privado, estaba él.

Miguel Ríos no llevaba máscara. Lucía el mismo traje impecable que en la cumbre, pero su actitud era distinta esa noche. Estaba conversando con una rubia que le tocaba el hombro de una forma posesiva.

Sofía sintió un golpe de celos irracionales. Verlo allí, tan cerca de otra mujer despertó en ella un instinto de posesión que no sabía que tenía.

Él sonreía de una forma que no lo había hecho con ella, mientras la mujer le susurraba algo al oído.

La confirmación estaba frente a sus ojos: él era un gigoló popular, un hombre con dinero y conexiones que se movía entre la élite para ofrecer sus servicios.

Por un momento llegó a pensar que el hombre de la reunión solo tenía un parecido asombroso, una coincidencia cruel, y que este hombre no era más que un acompañante de lujo.

"Es solo un profesional", se dijo a sí misma, intentando recuperar la calma. "Le pagaste mil dólares, ¿qué esperabas? ¿Que te guardara luto?".

Sin embargo, sus palabras en la reunión y aquellas insinuaciones en el balcón confirmaban que el hombre de negocios y el gigoló del bar eran la misma persona.

Le quemaba la sangre ver cómo la otra mujer se acercaba a su oído, tocando la misma piel que ella había besado con desesperación la noche anterior.

Aunque se repetía que lo suyo había sido una transacción, un encuentro acordado por ambas partes y nada más, pero el recuerdo le hacía sentir que él le pertenecía de una forma que Fernando nunca lo haría.

¿Cómo podía estar repartiendo esa misma intensidad con otra mujer, después de lo que había pasado entre ellos?

Sofía no podía apartar la vista. Su mirada era un dardo cargado de veneno y deseo a partes iguales.

Se sentía herida en su orgullo, pero también en algo mucho más profundo que su memoria no le permitía identificar.

Aquella noche de sexo no había sido solo un "servicio" para ella, y ver que para él parecía ser rutina, la quemaba por dentro.

—¿Sofi? ¿Estás bien? —preguntó Anna, siguiendo la dirección de su mirada—. ¡Vaya! Si ese es el nuevo inversor del que todo el mundo habla...

Miguel levantó la mirada. A pesar de la distancia y de la luz tenue, sus ojos se clavaron en los de Sofía con precisión de francotirador.

No hubo sorpresa en su rostro, solo una satisfacción gélida.

Él le dijo algo a la rubia, quien frunció el ceño con molestia, y con una lentitud deliberada, se puso en pie. La mujer intentó retenerlo por el brazo, pero Miguel se deshizo de ella con una suavidad firme que no admitía réplicas.

Sus ojos nunca abandonaron los de Sofía mientras comenzaba a caminar a través de la multitud del bar.

Cada paso que daba hacia ella parecía una declaración de guerra.

Sofía sintió que el aire se espesaba. El bullicio del bar se desvaneció poco a poco hasta dejar solo el sonido de su propio corazón martilleando contra sus costillas.

Estaba atrapada entre el deseo de huir y la urgencia de reclamar lo que, en su mente herida, sentía que era suyo, pero sus piernas no respondían.

Miguel se abrió paso entre la multitud, su figura imponente se delineaba contra las luces de neón.

La rabia en el pecho de Sofía se mezcló con una anticipación eléctrica. Ya no era la asistente eficiente, ni la esposa sumisa de Fernando. Era la mujer que había dejado mil dólares en una mesa de noche, y ahora, el hombre que los recibió venía a cobrar el resto de la deuda.

Miguel la observó de arriba abajo, deteniéndose en el escote de su vestido con una mirada que la desnudó en público. Luego, se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal de forma agresiva.

—Parece que no soy el único que busca problemas esta noche, Sofía —murmuró cerca de su oído.

Antes de que ella pudiera responder, Miguel metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó algo que hizo que la sangre de Sofía se helara: el fajo de billetes que ella le había dejado en la mesita de noche.

Con una lentitud deliberada, tomó la mano de Sofía y depositó el dinero en su palma, cerrando sus dedos sobre él con fuerza. Sofía sentía que su tacto le quemaba.

—Te dejaste el cambio —susurró él, su voz vibrando con una amenaza seductora—. Mis servicios son mucho más caros, señora Valeriano. Y ahora... he venido a cobrar la deuda real.

—C... ¿Cuál deuda? —preguntó ella, en un tartamudeo levemente.

Él se apartó un milímetro, lo suficiente para mirarla a los ojos con una oscuridad depredadora.

—Tu esposo está buscando un salvador financiero. Yo estoy buscando una propiedad exclusiva —su mirada bajó a los labios de ella—. Creo que acabamos de encontrar un conflicto de intereses. ¿Vas a decírselo tú, o se lo digo yo?

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