Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 4
Sofía había pasado los últimos dos días arreglando contratos, organizando reuniones y esquivando las miradas burlonas de Luisa, quien ya se paseaba por los pasillos de la empresa con la autoridad de una reina. Esa mañana, Fernando le había pedido que lo acompañara a la Cumbre de Innovación Capital, un evento exclusivo donde los empresarios más destacados del país se reunían para forjar alianzas. —Asegúrate de llevar los perfiles de los fondos de inversión —ordenó Fernando—. No quiero errores. Esta reunión es vital para la expansión en el mercado tecnológico. Necesito que seas mi sombra y mi memoria, como siempre. Sofía asintió, apartando la mirada. En el coche, el silencio entre ellos se hizo denso, roto solo por el sonido de Fer tecleando frenéticamente en su celular, seguramente enviando mensajes a Luisa. Al llegar al centro de convenciones, el lujo era abrumador. Jóvenes empresarios con trajes hechos a medida y relojes que valían una fortuna, circulaban entre copas de champán. Fernando se movía como un tiburón financiero, estrechando manos y repartiendo sonrisas forzadas. Sofía, como siempre, caminaba tres pasos por detrás, preparada para ejercer su labor. —Fernando, qué gusto —saludó uno de los inversionistas—. Debes conocer al nuevo jugador del sector tecnológico. Ha estado comprando acciones de forma agresiva en las últimas semanas. Nadie sabía quién era... hasta hoy. Fernando enderezó la postura, activando su modo competitivo. —¿De quién estamos hablando? —De Miguel Ríos. El nombre no significó nada para Sofía en ese instante, pero cuando las puertas se abrieron para dejar pasar al hombre en cuestión, el mundo de Sofía comenzó a tambalearse. Él llevaba un traje negro hecho a medida. Su cabello perfectamente peinado y su mirada, fría y calculadora mientras saludaba con un senador, cambió drásticamente cuando sus ojos se cruzaron con los de ella. Sofía sintió un fuego ardiente recorriendo sus venas. —¡No puede ser él!... el gigoló al que le por un servicio aquella noche. ¡Debe ser un error! —murmuró Sofía para sí misma. Pero allí, rodeado de la élite, era evidente que no era un trabajador sexual. Era un gigante financiero que opacaba a todos los empresarios a su alrededor, incluyendo a Fernando. El pánico se apoderó de ella. Su corazón latía con tanta fuerza que temía que Fernando pudiera escucharlo. —¿Sofía? —la voz de Fernando sonó como un trueno a su lado—. ¿Qué diablos te pasa? ¡Estás pálida! —Yo... el aire acondicionado está muy fuerte —logró decir, apartando la mirada de Miguel que la escaneaba con una intensidad insoportable. —No te distraigas. Concéntrate —ordenó Fernando con su voz dura, antes de avanzar hacia Miguel con la mano extendida. —Soy Fernando Valeriano. He oído sobre su reciente entrada en el mercado. Miguel aceptó la mano de Fernando, pero sus ojos no se despegaron de los de Sofía. Hubo una intensidad feroz en su mirada. —Es un placer —dijo Miguel, su voz profunda resonando en el pecho de Sofía—. He estado siguiendo sus movimientos muy de cerca. Me interesa mucho cómo gestiona sus... activos. Especialmente aquellos que parecen estar ocultos a plena vista. Fernando, ajeno a la doble intención, sonrió con suficiencia. —Siempre busco la máxima eficiencia. Mi asistente, Sofía, puede darle los detalles técnicos si está interesado en una colaboración. Sofía sintió que el corazón se le iba a salir por la boca. —Sofía —repitió Miguel—. Es un nombre hermoso. Me parece que ya nos hemos cruzado en algún lugar, ¿no es así? Sofía sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. El miedo a ser descubierta por Fernando la paralizaba. —No lo creo, señor Ríos —respondió ella con la voz más profesional que pudo fingir—. No suelo frecuentar los círculos en los que usted se mueve. —Es extraño —continuó Miguel, ignorando la negativa de Sofía y la mirada confusa de Fernando—. Tengo excelente memoria para las cosas valiosas. —¿A qué se refiere? —preguntó Fer. —A los negocios, por supuesto. A veces la gente paga por servicios que no comprende, y otras veces, dejan deudas que son imposibles de pagar con dinero. El valor real de las cosas suele estar en lo que no se dice. La reunión continuó, pero para Sofía fue un infierno de voces distorsionadas. Cada vez que Miguel hablaba, usaba frases que para los demás eran términos financieros, pero para ella eran dardos directos a su conciencia. Habló de contratos que no pueden romperse, de inversiones a largo plazo que han sido descuidadas y de la importancia de reconocer el verdadero valor de una propiedad antes de que sea demasiado tarde. Al finalizar, mientras los invitados se dispersaban hacia el cóctel, Fernando fue interceptado por un grupo de periodistas. Sofía aprovechó para alejarse hacia el área del balcón, necesitando aire fresco. Pero antes de que pudiera reaccionar, Miguel la detuvo, acorralándola contra la barandilla de cristal, dejándola sin escapatoria. —¿Mil dólares? —le susurró al oído—. ¿Ese es el precio que le pones a una noche como esa? Sofía cerró los ojos con fuerza. El recuerdo de la noche anterior la golpeó con una violencia insoportable. —No sé de qué habla... y está invadiendo mi espacio personal. ¡Aléjese! —exclamó Sofía, temblando por dentro. —Tu esposo no te mira, Sofía. Nunca lo ha hecho. Él te tiene como una herramienta, un objeto útil y eso lo sabes mejor que nadie... sé lo que escondes bajo esa máscara de asistente perfecta. —No siga. Mi situación sentimental no está en discusión con nadie. Y... lo que pasó anoche... fue un error. Estaba ebria, yo no soy esa clase de mujer que se acuesta con cualquier hombre. —No fue un error —la cortó él, su voz se volvió peligrosamente suave—. Y tú... no puedes pagar por el olvido, Sofía. Miguel se alejó justo antes de que Fernando se acercara, dejando a Sofía abrumada, con la mente hecha un caos. ¿Cómo podía ese hombre saber tanto de ella? El regreso a casa fue un silencio total. Fernando ni siquiera le preguntó por qué se había quedado muda tras la charla con el empresario Ríos; estaba demasiado ocupado alardeando sobre los contactos que había hecho y la envidia que despertaría en sus competidores. —Ese hombre, Ríos... es un tipo extraño, pero tiene un capital que asusta —dijo Fernando—. Deberías ser más amable con él si volvemos a verlo, Sofía. Parecía interesado en tus capacidades analíticas. Quizás sea el puente que necesito para asegurar mis alianzas con los coreanos. Sofía no respondió. Subió las escaleras sintiendo que las paredes de la casa se cerraban sobre ella. Pero Fernando ni siquiera llegó a la habitación. Como ya era costumbre esos últimos días. —No me esperes despierta —dijo desde la puerta—. Luisa tiene problemas con el informe de relaciones públicas y tengo que ayudarla. —¿A esta hora? —preguntó Sofía mirándolo desde la mitad de la escalera. —Luisa es una mujer delicada, Sofía, no tiene tu temple de acero —respondió, convencido de sus palabras—. Ella me necesita. El sonido del motor de su vehículo alejándose fue el detonante para dejar escapar las lágrimas que Sofía había estado conteniendo desde que apareció esa mujer. Se dejó caer en la cama, esa cama grande, lujosa y fría donde su esposo rara vez dormía y donde ella se sentía más sola que nunca. Se abrazó a una almohada, dejando que el llanto fluyera. Revivió la noche con Miguel y la forma en que su mirada parecía ver a través de su alma. "Tu esposo no te mira". La frase de Miguel se repetía en su cabeza. Era cierto. Fernando no la veía. Luisa se había convertido en su prioridad. En medio del silencio asfixiante de la noche, su celular vibró sobre su escritorio. Era un mensaje de Anna, su mejor amiga, la única que conocía la verdad de su relación. 》"Vamos al bar de siempre... te busco en una hora".






