CAPÍTULO 3

Capítulo 3

Dos horas más tarde, la "asistente de hierro" estaba de vuelta. Sofía se miró en el espejo del elevador privado de la empresa. Había utilizado un corrector de alta cobertura para ocultar las sombras bajo sus ojos y, sobre todo, ese ligero moretón en el cuello que el misterioso gigoló le había dejado.

Su vestido camel ceñido al cuerpo, y su cabello perfectamente recogido en un moño bajo era el contraste perfecto de elegancia y perfección.

Nadie sospecharía que esa mujer sumisa y conservada había pasado la noche en los brazos de un desconocido, en una mansión que no debería existir.

Al salir al pasillo principal de la planta ejecutiva, el ambiente se sentía espeso. El ruido habitual de las fotocopiadoras y los teléfonos había sido reemplazado por un murmullo constante de los empleados.

—¿Ya la viste? —susurró una de las recepcionistas mirando hacia la oficina principal.

—Esa mujer es impresionante. Dicen que el jefe la instaló personalmente frente a su oficina.

Sofía apretó los puños y caminó hacia la oficina de Fernando con el ceño fruncido.

Antes de llegar a la puerta de la oficina de presidencia, la vio.

Luisa estaba sentada en un escritorio auxiliar que no estaba allí el día anterior, mirándola fijamente con las piernas cruzadas y moviendo un pie con excesiva insistencia.

Llevaba un vestido blanco que resaltaba sus curvas y un escote en el pecho que dejaba a la vista parte de sus senos, un contraste agresivo con la sobriedad del entorno corporativo.

—Buenos días, "asistente" —dijo Luisa, arrastrando las palabras con una sonrisa de victoria—. Llegas tarde. Fer estaba buscándote como loco para que me entregaras las claves de acceso al sistema de gestión.

Sofía se detuvo en seco, manteniéndole la mirada, con la barbilla en alto.

—El señor Valeriano no me ha informado sobre una nueva incorporación al equipo de estrategia. Y las claves de acceso son confidenciales.

Luisa se puso en pie, acercándose hasta quedar a escasos centímetros de Sofía.

Su perfume dulce y empalagoso invadió el espacio personal de Sofía, y su voz chillona estalló esta vez en un tono más bajo.

—Oh, cariño. No soy equipo de estrategia. Soy la nueva Directora de Relaciones Públicas. Fer decidió que necesitaba a alguien con... más calidez para tratar con los inversionistas. Alguien que no parezca un robot programado para escupir guiones. Como tú.

—Este es un lugar de trabajo, no un club social —respondió Sofía con voz gélida.

—Para ti es trabajo. Para nosotros es... un reencuentro perfecto —Luisa bajó la voz un poco más, disfrutando de la incomodidad en los ojos de Sofía—. Deberías revisar tu correo. Fer me dio autoridad total sobre su agenda para coordinar nuestras salidas de esta semana. Al parecer, tú solo te encargarás de la parte aburrida de ahora en adelante.

Sofía la ignoró y entró a la oficina de Fernando sin avisar. Él estaba de pie frente al ventanal, hablando por teléfono con uno de sus socios.

Al verla, colgó de inmediato, pero no hubo saludo, ni disculpa por lo ocurrido la noche anterior en el hotel.

—¿Dónde estabas? —preguntó Fer con su voz cargada de irritación—. Te pedí que te quedaras en el hotel y no apareciste en toda la noche. No hiciste ninguna reservación.

—Estuve ocupada en otras cosas —respondió ella, dejando su maletín sobre el escritorio—. Y veo que ya has tomado decisiones sin consultarme... ¿Ella? ¿En serio, Fernando? Sabes que no tiene la formación necesaria para ese puesto.

Fer caminó hacia ella, con esa arrogancia que antes a Sofía le parecía liderazgo y que ahora le resultaba repugnante.

—Luisa conoce este mundo mejor que tú. Sabe desenvolverse en el medio. Además, ella estuvo conmigo cuando yo no era nada.

—¿De que valió? Si de igual forma se marchó y te dejó solo.

—No necesito que cuestiones mis decisiones, Sofía. Necesito que hagas tu maldito trabajo. Mantén la empresa en orden y mantén la boca cerrada sobre nuestra vida privada.

—¿Por qué? ¿Planeas tener dos mujeres bajo el mismo techo? ¿Es eso lo que buscas con todo este asunto de mantener a raya tu vida privada? —soltó Sofía, perdiendo el control por un segundo.

Fernando la tomó del brazo con una firmeza despectiva.

—Guarda silencio y haz tu maldito trabajo —sentenció—. No me obligues a elegir, porque sabes bien que saldrás perdiendo, Sofía.

El resto del día fue un infierno de rumores. En el comedor ejecutivo, los comentarios parecían no tener fin.

—Dicen que el amor de adolescencia del jefe ha vuelto para reclamar su lugar —dijo una de las secretarias.

—El gran romance que lo dejó marcado para siempre —comentó la otra.

—Ella le rompió el corazón cuando se fue, pero él nunca dejó de amarla.

—Ahora que está de vuelta... ¿creen que volverán a estar juntos?

Sofía se quedó petrificada frente a la impresora. ¿Amor de adolescencia?

Su mente empezó a trabajar a mil por hora. Ella sabía que Luisa era una amenaza, una amante oportunista que había aparecido la noche anterior, pero las empleadas hablaban de alguien más profundo, una mujer mucho más importante en la vida de Fer.

¿Quién es ese amor de adolescencia del que todos hablan?, se preguntó. En su estado de confusión y con la memoria fragmentada por aquel brutal accidente, Sofía no conectó los puntos.

Su cerebro, protegiéndola del dolor, creó una especie de división. Por un lado estaba la vulgar y atrevida Luisa, que intentaba seducir a su esposo en la oficina, y por otro, esa "exnovia" que acababa de regresar a la vida de Fer y que, según esos rumores, era la verdadera razón del desapego de Fernando.

Sintió una angustia nueva. Ahora no solo tenía que luchar contra la incómoda presencia de Luisa, sino contra el fantasma de una mujer que Fer amó antes de que ella apareciera en su vida.

La sospecha de que su matrimonio era una farsa construida sobre los restos de un amor perdido empezó a carcomerla.

Mientras tanto, en aquella residencia de lujo en la montaña, Miguel se despertó con el corazón latiendo a mil por hora.

Estiró la mano buscando a Sofía, pero solo encontró el vacío y el frío de las sábanas. Se incorporó de prisa y sus ojos cayeron sobre el fajo de billetes en la mesa de noche.

Una risa amarga escapó de sus labios.

—Me pagaste, Sofía... Me trataste como a un extraño que se vende por un poco de dinero.

Se levantó y se dirigió a su despacho. No había rastro del hombre dulce y tierno de la noche anterior. Sus ojos ahora ardían con una determinación gélida.

Encendió su ordenador portátil y contactó a Frank, su asistente.

—Necesito información sobre Sofía Valeriano —ordenó—. Quiero el informe de su accidente, en qué hospital fue tratada, quién pagó la cuenta y quién autorizó su salida.

Sus dedos volaron sobre el teclado. En la pantalla aparecieron las fotos de la fiesta del Hotel Vaio que ya circulaban en los medios digitales.

Vio a Fernando Valeriano, altivo y arrogante acompañado de una rubia de vestido rojo. Y luego, a Sofía, tres pasos detrás de él, como si fuera la sombra de aquel hombre.

—Así que te tienen como una empleada más —susurró Miguel, apretando el puño—. Te vendieron al mejor postor para que vivieras una vida miserable, mientras que yo he dedicado cada segundo de mi vida a encontrarte.

¡Esto no puede quedar así!

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