CAPÍTULO 2

Capítulo 2:

Sofía se quedó paralizada largo rato. Aunque su cabeza le ordenaba retirarse con dignidad, sus pies la llevaron hacia el balcón trasero del hotel Vaio, lejos del ruido de la celebración.

Necesitaba creer que lo que vio no fue una paranoia de su mente cansada. Era real, esa mujer pretendía meterse en medio de los dos y Fer no estaba haciendo nada para impedirlo.

Desde la sombra de una columna, los vio.

Fer tenía a Luisa acorralada contra la barandilla. La sujetaba por la cintura con una delicadeza que Sofía nunca había experimentado con él, ni siquiera en la intimidad de su matrimonio.

Él se reía con ella, una risa genuina que no usaba ni en reuniones de negocios, y luego, la besó, un beso voraz, desesperado, desprovisto de toda la elegancia que Fer solía presumir.

Sofía se quedó paralizada.

Había soportado su arrogancia, sus desplantes y su frialdad, pero verlo entregado a otra mujer con tanta intensidad la había destrozado por dentro.

"Solo es la secretaria", recordó las palabras de Fer en el salón.

Se dio vuelta y salió del hotel sin mirar atrás.

Caminó por las calles bajo la brisa fría hasta que vio un bar de luces tenues y fachada discreta.

Necesitaba apagar su cerebro, dejar de pensar en ese beso que le había desgarrado el alma.

Pidió un whisky. Luego otro. Al tercer trago, la realidad empezó a desdibujarse.

Sofía nunca bebía; su vida dependía de estar alerta, de ser eficiente y controlarlo todo. Pero ahora, con el alcohol quemándole la garganta, se sentía extrañamente ligera.

No entendía por qué a pesar de sus esfuerzos por ser la esposa y asistente perfecta, Fernando siempre parecía estar buscando algo que ella no tenía.

No sabía lo que su pasado escondía tras aquel accidente donde despertó en una cama de hospital, con su madrastra junto a ella diciéndole que debía casarse con Fernando Valeriano para salvar el patrimonio familiar.

A su lado, un hombre permanecía en silencio, observando su propia copa.

Miguel no podía creerlo. Había pasado tres años recorriendo cada rincón del país, contratando investigadores y siguiendo pistas falsas para encontrarla. Pero ella había desaparecido después de aquel accidente automovilístico en la carretera nacional.

Sofía, con la visión algo nublada por el alcohol, giró la cabeza hacia ese hombre que, de cierta forma, era distinto a Fer.

No tenía esa arrogancia afilada; su rostro era una mezcla de fuerza y ternura que parecía fuera de lugar en ese bar.

—¿Te vas a quedar ahí mirando o vas a decirme cuánto cobras? —soltó Sofía, arrastrando las palabras.

En su mente distorsionada por el despecho y el alcohol, un hombre tan guapo, solo y atento en un lugar así, podía tener un solo oficio: consolar a mujeres rotas, como ella, a cambio de dinero.

Miguel se tensó. Su corazón dio un vuelco que casi le impide respirar. Era ella. Era Sofía.

Habían pasado tres años desde el accidente, tres años buscándola desesperadamente, después de que su familia le había asegurado que ella se había ido del país para olvidarlo.

Sofía estaba frente a él, pero sus ojos no lo reconocían. No había ese mismo brillo que lo enamoró, solo el vacío de una amnesia que él no terminaba de entender.

—No soy lo que crees —susurró Miguel, con su voz suave y profunda.

—Todos dicen lo mismo —soltó ella, con una risa amarga—. Mi esposo dice que soy su asistente. Mi familia me mira como un activo valioso. Y yo... yo solo quiero dejar de pensar tanto esta noche.¿Cuánto?

Miguel la miró intensamente. Si le decía la verdad ahora, en ese estado, ella huiría.

Quería saber qué le habían hecho. Necesitaba entender por qué la mujer que juró amarlo hasta la muerte ahora hablaba de contratos y esposos ausentes.

—Mil dólares por la noche completa —dijo él, sin pensar.

Sofía sacó un fajo de billetes de su cartera y los tiró sobre la barra, frente a él.

—Vamos.

...

Al cerrar la puerta, el ambiente cambió. El alcohol había eliminado las inhibiciones de Sofía, pero no su necesidad de afecto.

Se lanzó a los brazos de Miguel con una urgencia desesperada, buscando en su boca un sabor que no fuera a traición.

Miguel la recibió con una delicadeza que la dejó desarmada. No la tomó con la posesividad de Fernando; la sostuvo como si fuera de cristal. Sus labios se encontraron en un beso que para ella era nuevo, pero que para él era lo único que había anhelado en todos estos años.

Las manos de Miguel recorrían su espalda, reconociendo cada curva como si estuviera leyendo un mapa que ya conocía de memoria.

—Eres tan... dócil —jadeó ella entre besos, mientras él le desabrochaba el vestido con dedos expertos pero temblorosos—. ¿Siempre eres así de tierno con tus clientes?

—Eres mi primera cliente —susurró él contra su cuello, inhalando el perfume que no había cambiado en años.

Él la condujo a la cama con una lentitud tortuosa. No hubo prisa, solo una pasión creciente que quemaba a fuego lento.

Cuando le quitó el vestido, Sofía se sintió vulnerable, pero la mirada de Miguel no la hacía sentir pequeña; la hacía sentir viva.

Él la besaba como si estuviera pidiéndole perdón por los años de ausencia. Sus dedos recorrían su espalda, trazando mapas invisibles que despertaban en el cuerpo de Sofía una memoria sensorial que su mente aún bloqueaba.

No era solo sexo; era una colisión de dos almas que se reconocían en la oscuridad.

—Mírame —le pidió Miguel, su voz aún quebrada por la emoción—. Sofía, mírame a los ojos.

Ella obedeció, y por un segundo, entre la bruma del alcohol y el éxtasis del placer, sintió que el mundo se detenía. Había algo en la mirada de ese "extraño" que la hacía sentir segura, amada de una forma que el contrato matrimonial con Fer nunca permitiría sentir.

La pasión fue subiendo de tono, volviéndose más cruda, más intensa. El peso del cuerpo de Miguel sobre el suyo se sentía como el ancla que necesitaba en medio de su naufragio.

Sus gemidos se mezclaron en el aire pesado de la habitación mientras él entraba en ella con una ternura que la desgarró por dentro. Fue un acto de entrega absoluta, donde Sofía se permitió soltar todo el control, toda la eficiencia... toda la frialdad de su vida diaria.

En ese momento, fundidos en el calor de las sábanas y el silencio de la madrugada, Sofía no era la asistente de nadie, ni la esposa secreta del CEO arrogante.

Era simplemente una mujer siendo recuperada por el único hombre que realmente la había amado.

Miguel la estrechó contra su pecho mientras el ritmo de sus corazones empezaba a acompasarse. La abrazó con una fuerza protectora, sabiendo que al amanecer ella despertaría sin recordarlo, pero con la satisfacción amarga de haberla tenido de vuelta, aunque fuera solo por una noche.

Sofía se quedó dormida sobre el pecho de Miguel, sin saber que acababa de entregarse al hombre que su pasado le había robado.

Cuando abrió los ojos, lo primero que sintió fue el peso de un brazo cálido sobre su cintura y eso, la devolvió al presente con la fuerza de un latigazo.

El pánico le hizo un nudo en la garganta. Se giró un poco y vio al gigoló de la noche anterior.

A la luz del día, su rostro no parecía el de un hombre que vende su cuerpo; había mucha serenidad en sus facciones y una vulnerabilidad en su respiración que la hicieron sentirse como una intrusa.

Los recuerdos del bar, los besos y la pasión desmedida de la madrugada la golpearon, causándole una oleada de arrepentimiento.

"He sido infiel", pensó, y el recuerdo le quemó el pecho. Pero luego, la imagen de Fer besando a Luisa en el balcón regresó para darle una tregua amarga.

Se levantó con cuidado. Al buscar su ropa, se detuvo a observar la habitación.

No era un hotel de paso, ni un apartamento de soltero descuidado. Era una propiedad de lujo, con obras de arte originales en las paredes y una vista panorámica de la ciudad que solo los niveles más altos de la pirámide social podían costear.

Nada encajaba. ¿Cómo un gigoló de mil dólares la noche vivía en un lugar que rivalizaba con la mansión Valeriano?

La duda cruzó su mente, pero el miedo a enfrentar a ese hombre fue más fuerte.

Con manos temblorosas, sacó el fajo de billetes de su cartera y los dejó sobre la mesita de noche, junto a un reloj de pulsera que parecía costar más que el salario anual de un ejecutivo.

Salió de la habitación sin mirar atrás, con el corazón martilleando contra sus costillas. Al cruzar la puerta de la entrada principal, descubrió que estaba en una de las zonas residenciales más exclusivas de la ciudad.

—¿Cómo puede ser tan rico este gigoló?

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