Capítulo 27. Merecida disculpa.
—Vamos —dijo Francesco, atravesándola de la cadera.
El calor de la mano masculina sobre su cintura se sintió como una marca inesperada, un punto de contacto que encendió una chispa de confusión en su pecho.
Se instaló un silencio denso entre ellos, mientras ella, con la respiración apenas perceptible, intentaba descifrar el significado de ese gesto. Su mente, un laberinto de incertidumbres sociales, elaboraba teorías apresuradas. ¿Acaso era esta la norma tácita en los círculos opulentos, un len