ALIANA
Cuando finalmente despertó, su respiración era irregular contra mi muslo.
Me quedé allí, apoyada contra el escritorio, con su peso presionando firmemente sobre mí y mi brazo rodeando sus hombros, como si pudiera recomponer todas sus piezas sujetándolo con la suficiente fuerza, a pesar del entumecimiento que sentía en mis brazos.
—Aliana... —Su tono era roto, somnoliento.
Pasé suavemente mis dedos por su cabello. —Aquí estoy.
Levantó la cabeza gradualmente; sus ojos estaban carmesí, pero